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Batalla de Aculco: donde se hizo y deshizo la Independencia

Análisis de una derrota que cambió el rumbo de la primera insurgencia.

Un ensayo sobre la contingencia histórica, el mando militar y los límites de la movilización insurgente tras el Monte de las Cruces.

La batalla de Aculco es probablemente una de las batallas más importantes en la historia de México, no por su espectacularidad y prestigio estratégico, pero por lo cerca que estuvo de acabar con el movimiento insurgente del cura Miguel Hidalgo y compañía. En palabras de Lucas Alamán: “La revolucion habria podido terminar con la dispersion que sufrió en Aculco la fuerza principal de Hidalgo, si la brigada de Guadalajara hubiera tenido á su cabeza un hombre como Calleja […]”

Los insurgentes liderados por el cura Miguel Hidalgo bañados en gloria tras su victoria en la batalla del Monte de las Cruces se dirigían a una capital completamente atemorizada, los relatos de Guanajuato, Valladolid y las poblaciones conquistadas por los insurgentes dejaban en claro una cosa: la ciudad no se salvaría del saqueo de las temibles fuerzas insurgentes. Miles de capitalinos se apuraban por las calles de la ciudad en busca de un refugio seguro para sus valores más preciados, en especial los europeos y es que las hordas indígenas lideradas por Hidalgo no tenían muy buena fama con respecto al trato de los gachupines. El virrey valientemente organizó lo mejor que pudo la defensa de su bastión con apenas 2000 hombres capaces de empuñar las armas, apenas unas cuantas piezas de artillería y unos sirvientes donados (“los negros del Yermo”) por D. Gabriel del Yermo que se destacarían a lo largo de la guerra por parte del lado realista. El 31 de octubre, cuando los ánimos no podían ser más tensos, una delegación insurgente venida de dirección Coajimalpa es divisada y detenida por Chapultepec, traen consigo un pliego que es entregado al virrey, el contenido no es revelado, pero se da la orden que los mensajeros se tienen que marchar pronto, sopesa de muerte. El primero de noviembre, ante la atenta y atemorizada mirada del virrey que había presenciado como las filas de Hidalgo solamente se engrosaban más, el cura decidió que era hora de retirarse, si se quedaba más tiempo sus fuerzas se verían encerradas entre el ejército de Félix María Calleja y el caos de una capital recién asaltada, en el caso de que tuviera el tiempo y los recursos. O al menos eso dice Lucas Alamán aconteció desde la perspectiva realista, pero ¿qué nos dice una perspectiva de los hechos narrado desde los insurgentes?

Desde el bando contrario, y muy fuertemente criticado por Alamán en su Historia de Méjico…, Carlos María Bustamante relata las razones de los insurgentes liderados por Hidalgo que lo convenció para dar la orden de retirarse: Hidalgo observó que como los indios habian sufrido mucho destrozo estaban acobardados: se informó del estado de fuerza de la capital, y temió comprometer un segundo ataque, tanto mas, cuanto que examinado el estado de su parque de artillería, halló que solo tenia treinta tiros de bala raza; temió asimismo que el desorden de aquellas masas le fuera funesto, así porque seria fácil cosa destruirlas, como porque dándose al saco por su indisciplina, desacreditarían enteramente la causa santa de la insurrección. Motivos tan poderosos le hicieron volver sobre sus pasos, aunque con disgusto de Allende, que desde esta época comenzó á desabrirse con él; desazón que se aumentó cada día mas, y que terminó con la desgracia personal de entrambos gefes. Sobre todos los motivos que tuvo Hidalgo para retroceder de las inmediaciones de México, fué el que se creyó hallar dentro de muy pocos dias cortado entre dos ejércitos. Lo que dicen Alamán y Bustamante sobre las razones de la retirada no es muy distinto entre sí, pero claramente la forma en como presentan a los actores sí.

Para empezar en la obra de Alamán las huestes de Hidalgo tienen una reputación atroz, de saqueadores y asesinos de europeos de forma indiscriminada que sistemáticamente usan la violencia como modus operandi, la ciudad está al tanto de ello y se están tomando todas las precauciones posibles; el virrey está movilizando hombres de donde se pueda y no va a rendir la capital bajo ningún motivo. Para Bustamante el foco de atención está en Hidalgo, es un personaje reflexivo y calculador: por un lado, la falta de suministros para sus pocas piezas de artillería y la disciplina decadente de sus olas de personas amenazan con ser fácilmente destruidas si asaltan la ciudad; por el otro, su inteligencia le ha avisado de que el ejército de María Calleja estaba en movimiento para aliviar a la ciudad por lo que su ventana para escapar era menor cada momento que permanecía inactivo.

Es precisamente en este momento que Bustamante se contradice diciendo que la artillería de Miguel Hidalgo “ solo tenía treinta tiros de bala raza;” y Alamán le reprocha con muy justa razón en dos ocasiones: 1) cuando se burla diciendo: “y en cuanto á la escasez de municiones, ella probaría una excesiva imprevisión, en quien se dirijia a una empresa tal como la toma de Méjico, y no traía municiones más que para un día de combate.”5 Eliminando cualquier intento de Bustamante de hacer pasar a Hidalgo como un pensador profundo, y 2) en una nota al píe donde refiriéndose a la misma aseveración de tener solo 30 tiros de cañón nos hace un spoiler de lo que se avecina: “Mas adelante veremos que no había tal falta de municiones.”6 Entre fobias y filias, la cruda realidad se cernía sobre el ejército insurgente y su líder, el generalísimo Miguel Hidalgo, quienes se veían arrastrados por un error estratégico de proporciones graves, sumiéndolos en una retirada inevitable. El 2 de noviembre, la columna militar retrocedía por la misma ruta que había seguido en dirección a Querétaro. A medida que avanzaban, cada kilómetro dejaba a su paso hombres desertores, disminuyendo la imponente cifra inicial de ochenta mil a la mitad. La situación se complicaba aún más, ya que el general Calleja se encontraba a escasa distancia, acechando implacablemente.

Algunos indígenas, pertenecientes al ejército de Hidalgo, fueron capturados y sometidos a interrogatorio por las fuerzas realistas. Aunque no poseían la ubicación exacta, los interrogadores sabían que estaban cerca de los rebeldes en Arroyo -Zarco. Para el 6 de noviembre, Hidalgo se aproximaba a San Jerónimo Aculco, ajeno al hecho de que Calleja ya había desplegado una fuerza de caballería para realizar un reconocimiento preciso. Pronto, toda la información sobre las cuarenta mil almas, muchas de ellas desarmadas, acampando en el pueblo, estaba en manos de los realistas. A tan solo 9.6 km de distancia, dos mil infantes, cinco mil caballos y doce cañones descansaban, preparándose para la batalla inminente que les aguardaría al día siguiente. El escenario estaba listo para el enfrentamiento final entre las fuerzas insurgentes y las realistas. Para conocer que pasó ese día, que mejor fuente de información que las partes detalladas de la acción de Aculco, escrita por la propia mano de don Félix María Calleja. El texto lo escribió en Querétaro el 15 de noviembre de 1810. Es un reporte militar de donde se detalla la victoria realista sobre las fuerzas insurgentes de Miguel Hidalgo en la batalla de Aculco dirigido al virrey Francisco Xavier Venegas apostado en la Ciudad de México.

El documento inicia dirigiéndose respetuosamente al dirigente de la misiva, introduce que esta por narrar la victoria conseguida. Inicia su relato desde el día 28 de octubre cuando se reunió en Dolores con el conde la Cadena y partieron en dirección a la capital ya que tenía por informado que hacía allá se dirigían los “sediciosos”, se enteró que Querétaro estaba bajo amenaza de ataque y fue rápidamente en su auxilio, mandó tres mil trescientos entre infantes y caballos bajo el mando del coronel don Manuel Pastor como avanzada, pero llegarían un día tarde de la acción, la ciudad había aguantado y los enemigos se retiraban. El 1 llegó a Querétaro y salió el 3 con la intención de socorrer a la capital, forzó la marcha de sus soldados hasta 33 kilómetros por día sin apenas descanso y con velocidad se encontraba en Arroyo Zarco la mañana del 6. Tras una breve escaramuza donde unos insurgentes fueron capturados e interrogados, de esta manera y por la información recibida por el coronel Miguel Emparan, Calleja se percató que las principales cabezas de la insurgencia estaban a unos cuantos kilómetros a distancia en el pueblo de Aculco. Al día siguiente dio orden para que se organizara su ejército en posiciones de batalla en cinco columnas.

La columna de la derecha estaba compuesta por el regimiento de dragones de México, dos escuadrones del de San Luis, un piquete del de Querétaro, y cuatro escuadrones de lanceros con dos cañones de artillería de a caballo, bajo las órdenes del señor don Miguel Emparan. La columna de la izquierda estaba compuesta por tres escuadrones de provinciales de Puebla y el cuerpo de caballería de frontera de la colonia, comandados por el señor coronel don Manuel Espinosa. Las tres columnas del centro estaban formadas por los dos batallones de alta fuerza de la columna de granaderos provinciales, y el regimiento de infantería de la Corona con dos cañones cada una, bajo las órdenes de sus respectivos jefes el señor coronel don José María Jalen, el teniente coronel don Joaquín del Castillo y Bustamante, y el señor coronel don Nicolás Iberri. A la retaguardia se encontraba el regimiento de dragones de San Carlos, mandado por el sargento mayor del de Puebla don Miguel del Campo. La reserva estaba compuesta por un escuadrón del regimiento de dragones de España, dos del de San Luis, y uno del de Puebla, bajo el mando del teniente coronel don José María Tovar, y en segunda línea de reserva, un cuerpo de seiscientos caballos de lanceros al cargo de su comandante el capitán de dragones provinciales don Pedro Meneso.

Callejas comanda personalmente un parque de artillería para ayudar con las municiones desde la retaguardia. La batalla empezaba. Avanzando hacia el pueblo, el ejército se topó con un espectáculo impresionante: un imponente mar de gente, cuarenta mil hombres y algunos cañones, posicionados estratégicamente sobre una loma rectangular que desafiaba cualquier intento de escalada por parte de los realistas. En una exhibición de solidez, formaban dos líneas de batalla a lo largo de la elevación, respaldadas por el ejército insurgente que se situaba en la retaguardia.

Aunque la posición de Hidalgo parecía inquebrantable, Calleja ya ideaba estrategias para contrarrestarla. Con sagacidad táctica, Calleja ordenó el despliegue de su artillería y dirigió a la caballería izquierda hacia adelante, amenazando el flanco enemigo y cortando la posible retirada al ocupar la Presa de Arroyo Zarco. Mientras tanto, la línea realista se extendió hacia la derecha, envolviendo con mayor eficacia a las fuerzas insurgentes. Estas maniobras, ejecutadas con rapidez y sigilo, reflejaban la destreza de un ejército profesional en pleno funcionamiento. Cuando se revelaron ante el enemigo, la aparente ventaja insurgente se tambaleó, todo ello sin que se disparara un solo tiro. La maestría táctica de Calleja estaba cambiando el curso de la batalla antes siquiera de que iniciara. El avance de las fuerzas de Calleja era meticuloso y estratégico. La infantería, ya a tiro de cañón, desplegó sus filas en formación doble, buscando minimizar el daño potencial del fuego enemigo mientras avanzaban con determinación por el centro del campo de batalla. La retaguardia, protegida por el fuego de artillería, respaldaba el progreso constante. Al llegar a la base de la loma, donde la eficacia de los cañones enemigos disminuía, las bayonetas se fijaron y la orden de asaltar la cima se impartió. La multitud insurgente, ante este arrojo, mostró signos de nerviosismo.

En respuesta a esta reacción, Calleja dirigió un ataque en el flanco izquierdo, asegurando la cima con el batallón de la columna de granaderos al mando del coronel José María Jalen. Este batallón tuvo el honor de encabezar la persecución de los enemigos que huían desordenadamente. Mientras tanto, la caballería, ya en plena acción, persiguió a las masas insurgentes en todas direcciones, sin detenerse hasta que las condiciones del terreno lo hicieron inevitable. En medio de esta escena caótica, la caballería no solo logró imponerse en la persecución, sino que también se apoderó de catorce piezas de artillería, municiones y equipajes enemigos. Aunque la batalla había concluido, las consecuencias eran desgarradoras. Los enemigos se retiraban en desbandada, dejando un campo de batalla cubierto de cadáveres. En un tono acusatorio, se responsabilizaba a los líderes traidores Hidalgo, la batalla había finalizado, pero las consecuencias eran terribles, los enemigos estaban en completa retirada “dejando el campo lleno de cadáveres, y el espectáculo horrible que presentaba, y de que son responsables ante Dios y los hombres, los traidores Hidalgo, Allende y sus secuaces que han derramado tantas plagas en este hermoso suelo.”11 Sobre las pérdidas del enemigo escribe esto Calleja:

La pérdida de los enemigos excede ciertamente de diez mil hombres entre muertos, heridos y prisioneros; según las noticias más exactas que se me han comunicado posteriores a la acción, pasa de cinco mil el número de los tendidos en el campo; y si a éste se agrega el de los heridos y extraviados que habrán perecido en las barrancas, y el de cerca de seiscientos prisioneros que se hicieron en la acción, y cuyo por menor manifiesta la relación número 2 asciende su pérdida a un número exorbitante, que habría sido mucho mayor, si las dos columnas de caballería que destiné a cortarles la retirada hubieran tenido facilidad de pasar, en cuyo caso habrían sido cogidos los cabecillas, cuya precipitada fuga favoreció la inmediación y aspereza de la sierra. Me interesa en particular está cita porque de forma muy casual Calleja, dice que de no ser por las dificultades del terreno la insurgencia habría acabado en Aculco. No habría habido necesidad de una segunda derrota insurgente porque no habría cabecilla que reorganizara el ejército y reuniera tanto fervor popular de la manera como Hidalgo lo hacía.

De hecho, en la capital se creyó que en verdad había acabado, se celebro por las calles y en el puerto de Acapulco, una fragata con destino a Guayaquil llevaba las noticias que leería el virrey del Perú en el que se aseguraba erróneamente que “la total derrota de los insurgentes puede fijar la opinión cierta en este punto.”13 No creo que un hombre que derrotó una fuerza bastamente superior a la suya haya inadvertidamente enviado a su virrey que se les escaparon sus enemigos más importantes, pero creo la forma tan pasiva en cómo es mencionado el acontecimiento es completamente intencional. Esta mencionado justo después de enumerar que murieron miles de sus enemigos, que se pueden poner en duda por don Manuel Perfecto Chávez, justicia de Aculco comisionado por el mismo Calleja, que tras inspeccionar y reportar el 15 de noviembre, la misma fecha del reporte, reportaría: “... El número de muertos que hubo en la batalla de este campo de Acúleo, inclusive los de Arroyo Zarco, son ochenta y cinco y nada más: los heridos fueron cincuenta y tres, de éstos ” poniendo en discusión que los números exactos bajarían mucho a apenas unos setecientos cuarenta incluidos prisioneros.

Un autor que discute mucho este tema y va hasta las últimas fuentes por desmentirlo es Bustamante que remite a Manuel Chávez y se burla de la veracidad de la gaceta publicada en 20 de noviembre de 1810 donde se reportó la batalla. 15 Ante tal mentira no es de extrañar que inserte después una aseveración que, a comparación de la realidad, pasaría desapercibida. Esa oración tan incisiva se oculta entre las líneas del informe, arrojando luz sobre las pérdidas sufridas por las fuerzas aliadas. Solo se registraron dos bajas, un fallecido y otro herido. El informante destaca que, al presenciar la imponente presencia de un ejército profesional y altamente entrenado, los insurgentes experimentaron un profundo temor que desencadenó su rápida huida. Además, se enorgullece al relatar el exitoso rescate de los distinguidos señores Conde de Casa Rul y García Conde, junto con el intendente de Valladolid Merino, quienes fueron abandonados por los insurgentes en medio del caos. Con la mañana siguiente como testigo, el ejército parte de Aculco en una implacable persecución de los "bandidos".

La determinación es clara: no se les concederá ni un momento de respiro. La misión es clausurar de una vez por todas lo que se inició, llevando a cabo una operación que no dejará margen para la tranquilidad de los rebeldes y que buscará poner fin de manera definitiva a este conflicto. Calleja, con él la intención de presentar una imagen de responsabilidad y el reconocimiento a sus subordinados, decide testimoniar las hazañas de aquellos que desempeñaron su labor de manera ejemplar en el campo de batalla. Destaca con admiración a una valerosa compañía de hombres que, al destacarse por su disposición a asumir servicios de alto riesgo, demostraron un coraje excepcional, aunque leyendo los relatos parece que cumplieron con su deber sin más. Leyendo aún más, entre las gestas heroicas, surge un episodio casi conmovedor. La petición de una piedad para la madre viuda de un soldado muerto en batalla, María Ramos Ponce, madre del soldado del regimiento de dragones de San Luis, Ignacio Labrada. De esta manera da la impresión de que Calleja está demostrando que se interesaba por la memoria y bienestar de quienes “se condujeron con honor y bizarría” en batalla por su patria. Tras la fácil victoria y considerando inútil continuar la marcha hacia México, Calleja redirige sus esfuerzos hacia Querétaro al día siguiente del combate. Su objetivo es perseguir a los insurgentes y recapturar la ciudad de Guanajuato. Durante su paso por San Juan del Río, emite un nuevo bando, fundamentándolo en la completa victoria obtenida y en el deseo de dar a conocer las benignas intenciones del virrey.

En nombre de este alto funcionario, ofrece indulto y perdón general a aquellos que abandonen las filas independentistas y regresen a sus hogares. Asegura que no se les molestará en sus personas, propiedades e intereses, excepto a los principales líderes como Hidalgo, Allende, los dos Aldamas y Abasólo, por cuyas cabezas promete una recompensa de diez mil pesos. Venegas aprueba y ratifica este bando, extendiendo la gracia de indulto a todos los lugares donde la revolución haya tenido eco. Sin embargo, la oferta de perdón se condiciona a que los interesados se presenten en un plazo de ocho días desde la publicación del bando en cada localidad, entregando sus armas. Se reserva el derecho de dictar medidas oportunas para proveer de herramientas agrícolas u otras a los indultados que las necesiten. Además, aquellos líderes que entreguen a sus compañeros quedarían exentos de la pena capital. Aunque el plazo breve de ocho días hace que la oferta sea prácticamente ineficaz, la firmeza y dignidad de los defensores de la independencia de México los lleva a rechazar el perdón ofrecido por las autoridades dominantes. Dejando a Calleja en Querétaro, donde es recibido con entusiasmo por los habitantes excitados por el clero, continuamos siguiendo a los insurgentes en su marcha.

Después del combate de Acúleo, Hidalgo y Allende, separados en la confusión de la retirada, toman direcciones distintas. Hidalgo se dirige a Valladolid con la intención de levantar nuevas fuerzas, mientras Allende va a Guanajuato para preparar su defensa ante el inminente avance del ejército realista. Allende, acompañado de importantes figuras como los tenientes generales Jiménez y Aldama, los mariscales de campo Abasólo, Arias y Ocón, el abogado Aldama y otros jefes y oficiales, así como tres mil hombres de caballería y ocho cañones, entra en Guanajuato en las primeras horas de la noche del 13 de noviembre. El intendente Gómez y el ayuntamiento salen a recibirlos hasta la entrada de la ciudad, mientras el pueblo aclama con entusiasmo a los defensores de la independencia al son de los cañonazos. Las salvas de artillería y otras manifestaciones de alegría celebran dos días después la noticia de que en Guadalajara y San Luis los independentistas ya dominan. Ya hemos visto como la revolución de Hidalgo y compañía ya se creía muerta por muchos de sus contemporáneos, pero la única razón por lo que un colapso total de la causa no pasó fue por que en Guadalajara no había un Calleja que tuviera la motivación y los recursos para mitigar la revolución y así lo detalla Alamán cuando narra las campañas y complicaciones de las fuerzas realistas lejos de la capital.

La comisión de José Antonio Torres, conocido como el "amo Torres", para propagar la insurrección en Jalisco y el sur del virreinato, marcó una fase crucial en la supervivencia de la lucha por la independencia. Este hacendado rico, al unirse a la causa de Hidalgo, recibió el encargo de expandir la rebelión por la intendencia de Guadalajara. Encabezando una tropa de alrededor de 6,000 hombres logró victorias significativas en Colima, Sayula, Zacoalco y finalmente Guadalajara, donde estableció un gobierno provisional y organizó la defensa de la ciudad en favor de la causa insurgente. Las acciones del comandante de brigada Roque Abarca, quien tenía el mando de las tropas de la intendencia de Guadalajara no se comparan en nada con el vigor y decisión de Calleja ya que desde un principio se enfrentó con grupos muy influyentes en la ciudad. Abarca, frente a la amenaza insurgente intentó organizar la defensa de la ciudad, pero se encontró con la oposición de la audiencia y los comerciantes peninsulares a pesar de que el luchaba por sus intereses. Esta oposición llevó a la formación de una junta auxiliar del gobierno, presidida por el oidor Juan José Recacho, que buscaba asumir el control de la intendencia. La situación escaló hasta que, ante la llegada de Torres, Abarca abandonó la ciudad y se re fugió en el fuerte de San Diego en Acapulco. El nombramiento de los oidores Juan José Recacho y Juan Hernández de Alva como generales de las divisiones que marcharon a la Barca y a Zacoalco, respectivamente, fue seguido por su fracaso ante los insurgentes. La falta de militares experimentados llevó a la junta auxiliar del gobierno a designar a Recacho y Hernández de Alva como generales. Sin embargo, ambos fueron derrotados por los insurgentes abriendo el camino hacia la capital de la intendencia.

La fuga del obispo Juan Cruz Ruiz de Cabañas y de los europeos restantes en Guadalajara, seguida de la entrada triunfal de Torres en la ciudad, marcó el momento de fuga para los europeos residentes en la ciudad, Ruiz de Cabañas, ferviente defensor realista, abandonó la ciudad junto con otros. Sin embargo, su caravana fue atacada por los rebeldes, resultando en la captura de algunos y la huida de otros propiciando aún más al relato de maldad de los insurgentes. La entrada triunfal de Torres en Guadalajara el 26 de noviembre de 1810, recibida con júbilo por el pueblo, consolidó su posición como líder insurgente en la región. La expedición del cura José María Mercado a Tepic y San Blas, donde se apoderó de este estratégico puerto y su armamento, mostró la extensión de la rebelión por la costa del Pacífico. Mercado, tras participar en la toma de Guadalajara, recibió la misión de ampliar la rebelión por la costa. Con una tropa de aproximadamente 2,000 hombres, logró tomar Tepic y luego San Blas, apoderándose del puerto y su valioso armamento. La revolución se extendió más allá de Guadalajara, abarcando Zacatecas, San Luis Potosí y otras provincias cercanas. Líderes insurgentes como José María Costilla, Miguel Hidalgo, Ignacio Allende, Juan Antonio de Padilla, Francisco Javier Mina y Pedro Moreno se alzaron en estas regiones, uniéndose a la causa. 19 La rebelión de Hidalgo trascendió las fronteras dentro de Nueva España, se prendió una mecha que no se pudo extinguir.

Concluyo reflexionando sobre la batalla de Aculco como un punto de inflexión estratégico en la primera etapa de la Independencia de México, un evento que, aunque hoy en día no resplandezca con el mismo prestigio que otras batallas monumentales a lo largo del proceso, merece una atención más detallada y un reconocimiento más profundo por los detalles no muy apar entes de los relatos que se nos han enseñado.

En la basta gama de temas que se pueden investigar del proceso de independencia, a menudo queda eclipsada por batallas más grandes y dramáticas, pero su importancia para el desarrollo durante las etapas iniciales del conflicto es innegable y su impacto se revela al examinar sus consecuencias. Si Hidalgo hubiera sido capturado en Aculco, el destino del muy numeroso ejército insurgente, compuesto por decenas de miles de hombres, habría sido sellado de inmediato sin una cabeza carismática para llamar a las armas a más personas. Sin embargo, la evasión por la sierra del cura obligó a Calleja a movilizarse rápidamente, lanzándose en una persecución contra el tiempo en busca de Hidalgo y sus huestes. Mientras el comandante se encontraba ocupado librando su campaña el reporte de la acción tiene que esperar hasta que termine retrasando la noticia hasta el 15 de noviembre cuando Calleja lo presenta.

Curiosamente, el reporte de Calleja omite las bajas confirmadas por Manuel Chávez en las inmediaciones de Aculco. Tal omisión podría deberse a diversas razones, quizá lo recibió después de enviar la misiva, o quizás la urgencia por presentar una victoria aparente o el deseo de controlar la narrativa sobre la batalla ante un fracaso estratégico tan grande como capturar al líder enemigo lo convenció de exagerar un poco las bajas. Mientras tanto, en la ciudad, la noticia de la aparente victoria se celebra con alivio y alegría, y la falsa percepción de que la insurrección ha sido sofocada se arraiga en las mentes de la población. Sin embargo, la realidad es distinta. El ejército realista, a pesar de la aparente victoria, revela fisuras en su estrategia. José Antonio Torres, actuando con astucia y paciencia, se apodera gradualmente de Guadalajara, Tepic y las áreas costeras restantes. Estos eventos, lento pero seguro, se replican en diversas regiones del país, tiñendo algunas regiones del mapa de la Nueva España de insurrección que avanza a un ritmo imperceptible para muchos. Los errores estratégicos durante las primeras etapas de la independencia permitieron la consolidación del movimiento y la creación de personajes destacados que a la eventual muerte de los primeros insurgentes llenarían los zapatos necesarios para continuar la lucha y el apoyo popular.

Bibliografía

  • Alamán, Lucas. Historia de Méjico: desde los primeros movimientos que prepararon su Independencia en el año de 1808 hasta la época presente. Vol. 2, Continuación del libro II. Revolución del cura D. Miguel Hidalgo, hasta la muerte de este y de sus compañeros. México: Imprenta de J.M. Lara, 1849. http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080010752_C/1080010752_C.html.
  • Bustamante, Carlos María de. Cuadro histórico de la revolución mexicana, comenzada en 15 de septiembre de 1810 por el ciudadano Miguel Hidalgo Y Costilla, cura del pueblo de Dolores, en el obispado de Michoacán. Vol. 1, Segunda edición. 2a ed. México:
  • Imprenta de J. Mariano Lara, 1863. http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1080017737_C/1080017737_T1/1080017737_MA.PDF. Juan E. Hernández y Dávalos (director),” Parte detallado de la acción de Aculco, dada por don Félix María Calleja” en Colección de documentos para la historia de la guerra de independencia de México de 1808 a 18 12, Vol. 2., edición electrónica de Alfredo Ávila y Virginia Guedea, México, IIH; UNAM, 2010 [formato electrónico: www.pim.unam.mx/juanhdz.html].
  • Palacio, Vicente Riva. México a través de los siglos: Historia general y completa del desenvolvimiento social, político, religioso, militar, artístico, científico y literario de México desde la antigüedad más remota hasta la época actual. Vol. 3, Tomo Tercero.
  • México: Ballescá y comp.a, 1888. https://archive.org/details/mxicotravsde03tomorich/page/n7/mode/2up.