La marea que venía del norte
El otoño de 1810 encontró a la Nueva España en un estado de conmoción que sus autoridades tardaron demasiado en comprender. Desde el Grito de Dolores el 16 de septiembre, Miguel Hidalgo y Costilla había arrastrado consigo una marea humana que creció sin control: de unos pocos centenares en Dolores a decenas de miles en Guanajuato, donde el Alhóndiga de Granaditas quedó como advertencia sangrienta de lo que era capaz aquella multitud. De Guanajuato siguió a Valladolid y tomó el Camino Real hacia la capital del virreinato. La Ciudad de México estaba a su alcance. Entre ella y Hidalgo solo quedaba una cordillera: la Sierra de las Cruces.