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Batalla · 30 de octubre de 1810

Monte de
las Cruces

Guerra de Independencia · Nueva España

Desplázate para comenzar

01 — El escenario

La marea que venía del norte

El otoño de 1810 encontró a la Nueva España en un estado de conmoción que sus autoridades tardaron demasiado en comprender. Desde el Grito de Dolores el 16 de septiembre, Miguel Hidalgo y Costilla había arrastrado consigo una marea humana que creció sin control: de unos pocos centenares en Dolores a decenas de miles en Guanajuato, donde el Alhóndiga de Granaditas quedó como advertencia sangrienta de lo que era capaz aquella multitud. De Guanajuato siguió a Valladolid y tomó el Camino Real hacia la capital del virreinato. La Ciudad de México estaba a su alcance. Entre ella y Hidalgo solo quedaba una cordillera: la Sierra de las Cruces.

02 — Las fuerzas

El absurdo numérico

El contraste era absurdo en papel y aterrador en la realidad. Hidalgo comandaba entre 60,000 y 80,000 hombres — nadie sabía el número exacto porque nadie había podido contarlos. La mayoría eran indios y mestizos del Bajío: campesinos, mineros, artesanos. Sus armas eran palos, machetes, hondas y lanzas improvisadas. Frente a ellos, el teniente coronel Torcuato Trujillo disponía de apenas 2,500 hombres entrenados, fusiles, bayonetas y lo más importante: artillería servida por marinos de la Real Armada. Era la diferencia entre una tormenta humana y una máquina de guerra.

03 — El terreno

Quien controla la altura controla el paso

Trujillo no era un hombre brillante, pero era un soldado competente que entendía una cosa fundamental: el terreno manda. El Monte de las Cruces era una meseta elevada en la Sierra de las Cruces, flanqueada por bosques densos de oyameles y cruzada por el Camino Real que bajaba serpenteando hacia la capital. Quien controlara esa altura controlaba el paso. Trujillo tomó posiciones el 29 de octubre, un día antes del combate, colocó su artillería en los puntos más ventajosos y esperó. Los insurgentes tendrían que subir para atacar, exponiendo sus cuerpos a cada descarga.

04 — El ataque y el flanqueo

Tres descargas y un movimiento decisivo

Al amanecer del 30 de octubre de 1810, la marea insurgente comenzó a moverse hacia las posiciones realistas. Las primeras cargas fueron repelidas con una eficiencia brutal: tres descargas consecutivas de fusilería detuvieron el avance y sembraron el caos. La batalla la decidió no una carga frontal sino un movimiento lateral: Mariano Jiménez cruzó el puente de Lerma y atacó el flanco izquierdo realista. En el caos del flanqueo, un grupo de charros insurgentes capturó uno de los cañones realistas a cabeza de silla. Iturbide intentó recuperarlo y fracasó. Trujillo huyó con apenas 50 hombres. El Monte de las Cruces había caído.

05 — La pregunta sin respuesta

El camino abierto que nadie tomó

La Ciudad de México estaba a 60 kilómetros. El camino estaba abierto. El virrey Francisco Xavier Venegas preparaba la huida. Las familias criollas escondían sus pertenencias. Y Hidalgo acampó. Dos días completos sin moverse, mientras la oportunidad se evaporaba lentamente. Las explicaciones son varias y ninguna completamente satisfactoria: la escasez crítica de municiones, el miedo al saqueo, la presión de Allende que quería reorganizar, o simplemente la indecisión de un cura que nunca había comandado un ejército. Probablemente fue todo eso junto. La historia rara vez tiene una sola causa.

06 — Las consecuencias

De la victoria al derrumbe

Hidalgo se retiró al Bajío. Calleja reorganizó el ejército realista con una eficiencia implacable. El 7 de noviembre llegó la derrota de Aculco — la primera de una serie que desmantelaría el ejército insurgente pieza por pieza. El movimiento nunca volvió a estar tan cerca de la capital como en aquellos dos días de inacción frente a la Ciudad de México. Lo que comenzó como una victoria táctica se convirtió en el principio de un derrumbe que tardaría meses en consumarse, pero que en este monte quedó sellado.

"Hidalgo ganó el combate y perdió la guerra en esos dos días de inacción. Lo que vino después tiene nombre: Aculco." — Aarón Morales

07 — Reflexión

Una victoria que abrió la puerta a la derrota

El Monte de las Cruces es una batalla que los mexicanos conocemos mal y entendemos peor. Se recuerda como victoria insurgente — y lo fue, tácticamente — pero su legado real es la pregunta que dejó sin responder. Calleja venía. El ejército insurgente, sin municiones y sin disciplina, tendría que enfrentarlo. Lo que pasó en Aculco el 7 de noviembre de 1810 es la respuesta brutal a la pregunta que Hidalgo no supo contestar en el Monte de las Cruces.

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La batalla de Aculco

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