Uno de los periodos que siempre he encontrado más fascinante es la Segunda Guerra Mundial. En un principio era un interés por la tecnología, los uniformes y la gran escala del conflicto. A lo largo de mi formación como historiador y adentrándome en el pensamiento político y económico de la época me he percatado cada vez más de la complejidad de la época. Para bien o para mal el siglo pasado fue un periodo de violencia, revoluciones, binomios ideológicos y la reestructuración de la economía en maneras inimaginables en el siglo XIX. El pensamiento decimonónico romántico y liberalaspiraban por un nuevo siglo repleto de maravillas tecnológicas y progreso.
Me gusta imaginarme en los zapatos de los hombres y mujeres que nacieron en el año 1900 y vivieron durante todo el siglo en Europa. El mundo que conocían se derrumbó varias veces a lo largo de su vida. La primera vez en su adolescencia cuando la Gran Guerra estalló y sus amigos, hermanos, primos, tíos, y un largo etc., murieron por la patria por unos pocos metros de trinchera. Después vivirían una gran crisis económica y dos grandes paradigmas económicos se contrapondrían en un periodo de radicalismo y activismo político. Otra Gran Guerra arrasaría el continente mostrando la barbarie humana y un telón de acero saldría de sus cenizas. En su vejez el muro caería, el mundo volvería a cambiar de manera radical y la Historia habría acabado. En menos de cien años el mundo presenció el colapso de imperios, dos guerras mundiales, el ascenso y la caída de modelos económicos rivales que se aliaron ante la aparición de nuevas formas de intervención estatal y organización del trabajo. Esta centuria estuvo marcada al ser el escenario histórico donde se consolidaron y enfrentaron dos maneras de organizar la economía nacidas de una misma matriz: el liberalismo clásico. De esta doctrina emerg ieron opciones para las naciones. El capitalismo reformado y el comunismo que se disputaron la hegemonía global en un mundo ideológicamente polarizado.
Para comprender este siglo en necesario rastrear las ideas económicas que orientaron las decisiones políticas, proyectos de sociedad e instituciones que redefinieron la relación de los individuos con la producción, la riqueza y el Estado. En es te contexto es importante preguntarse: ¿cómo respondieron los distintos modelos económicos al colapso del orden liberal tras la Primera Guerra Mundial? ¿Por qué el capitalismo y el comunismo, siendo opuestos en teoría, compartieron respuestas frente a la crisis? ¿Qué lecciones ofrece esa tensión histórica para el pensamiento económico actual?
Este ensayo tiene como objetivo analizar y comparar los dos grandes sistemas que dominaron el pensamiento económico del siglo XX, tanto el capitalismo reformado y el comunismo soviético tienen sus principios teóricos opuestos, políticas concretas y sus resultados materiales. Por lo que, a través del estudio del periodo de entreguerras, el surgimiento del fascismo y la alianza americana -soviética para derrotarlo busco mostrar como estos modelos enfrentaron retos comunes que definieron el curso del siglo. Lo anterior tiene valor histórico, pero también es útil para demostrar como ciertas ideas económicas del siglo pasado moldearon las estructuras sociales de forma permanente y que el pensamiento económico no puede desvincularse del conflicto y su contexto histórico.
El siglo XX se inauguró con el colapso de la estabilidad que había caracterizado a Europa en el largo siglo XIX. Este periodo estuvo marcado por el dominio de la burg uesía, el crecimiento de la economía capitalista de libre mercado y por una fe ciega en el progreso material y científico. Estas ideas fueron destruidas en los frentes Oriental y Occidental de la Primera Guerra Mundial. Como señala el historiador Eric Hobsbawm en su libro El siglo XX, el mundo capitalista-liberal no solo se desplomó en términos políticos y sociales, pero dio paso a nuevas concepciones sobre la economía y la organización de la sociedad: “El sistema económico improvisado en el núcleo euroasiático rural arruinado del antiguo imperio zarista, al que se dio el nombre de socialismo, no se habría considerado —nadie lo habría hecho — como una alternativa viable a la economía capitalista, a escala mundial.
Fue la Gran Depresión de la década de 1930 la que hizo parecer que podía ser así, de la misma manera que el fascismo convirtió a la URSS en instrumento indispensable de la derrota de Hitler y, por tanto, en una de las dos superpotencias cuyos enfrentamientos dominaron y llenaron de terror la segunda mitad del siglo XX, pero que al mismo tiempo —como también ahora es posible cole gir— estabilizó en muchos aspectos su estructura política.”1 Desde ese entonces las formas de entender la estructuración de la economía industrial se estructuraron bajo una lógica binaria: el capitalismo renovado por Keynes, por un lado, y por el otro, el socialismo revolucionario de la Unión Soviética. Aunque la oposición entre capitalismo y comunismo ahora nos parezca evidente, Hobsbawm advierte que se trata de una construcción histórica condicionada a los grandes eventos del siglo XX, particularmente el impacto de la Revolución Rusa de 1917. Esta centuria se moldeó ideológicamente por las crisis y guerras que condicionó las políticas económicas de cada bloque y la forma en cómo se entendieron conceptos como progreso, justicia y modernidad. El paradigma económi co del siglo XIX se desangraba en las primeras décadas del siglo XX. Para entender el capitalismo dominante del siglo XIX es necesario entender sus bases en el pensamiento liberal clásico.
Adam Smith en su obra La riqueza de las naciones sentó las raíces de una economía política sustentada en la libertad individual, la propiedad privada y la confianza en el mercado como regulador natural de la producción y el consumo. Su principal interés era el crecimiento y desarrollo económico de las naciones. Es por eso por lo que abogaba por el laissez-faire, ya que es la manera más eficiente de asignar recursos de los mercados, tenia grandes beneficios por la libertad económica y el crecimiento de la renta per cápita que proporcionaba. Como opositor del mercantilismo, consideraba que las regulaciones al mercado entorpecían el crecimiento económico y que el libre mercado era el medio más eficiente para aumentar la riqueza de una nación. Lo importante es que en su modelo el interés personal canalizado por la competencia se transforma en beneficio colectivo: “No es la benevolencia del ca rnicero, el cervecero, o el panadero lo que nos procura nuestra cena, sino el cuidado que ponen ellos en su propio beneficio. ”3 El otro gran personaje del liberalismo fue David Ricardo que retomó y profundizó el p ensamiento de Adam Smith. En la metodología marcó una ruptura, pero compartía su preocupación por el crecimiento económico, defendía el laissez -faire y el libre comercio.
Su pensamiento se consolidó como el paradigma económico dominante de la económica clásica durante el siglo XIX por analizar los problemas urgentes de su época como las rentas de la tierra, las leyes del trigo o el impacto de la ley de Say y demostrar teoréticamente las ventajas del libre comercio. Tanto Ricardo y Smith asumían que el mercado tiende naturalmente al equilibrio.
Ambos compartían la idea de que la economía debía entenderse como un sistema autónomo con leyes propias y comparables a las leyes físicas. En este sentido, el liberalismo clásico se erigió como un modelo económico naturalizado que relegaba a los Estados a un papel pasivo mientras legitimaba las desigualdades sociales como resultados del inevitable merito y esfuerzo individual.
Para finales del siglo XIX y antes de la Primera Guerra Mundial el capitalismo liberal habría alcanzado una nueva fase: el capitalismo monopolista y financiero. Acorde a Lenin el capital había dejado detrás la libre competencia que abogada Smith y Ricardo y se concentró en grandes conglomerados financieros e industriales. Lenin dice que: “Las asociaciones monopolistas de capitalistas (cárteles, consorcios, trusts) se reparten entre ellas, en primer lugar, el mercado doméstico, haciéndose de forma más o menos total con la producción del país. Pero, bajo el capitalismo, el mercado interior está ligado inevitablemente al exterior. Ya hace tiempo que el capitalismo creó un mercado mundial. Y a medida que se acrecentaba la exportación de capitales y que se expandían las “esferas de influencia” y las conexiones con el extranjero y las colonias de las grandes asociaciones monopolistas, el rumbo “natural” de las cosas ha conducido al acuerdo internacional entre éstas, a la formación de cárteles internacionales.”5 La Primera Guerra Mundial surgió en este contexto de la era del imper ialismo. Además de la lamentable catástrofe bélica, también fue un punto de quiebre en la historia económica mundial. Inició como un conflicto europeo entre las potencias centrales (Alemania y Austria-Hungría) contra la Triple Enten te (Francia, Reino Unido y la Rusia zarista).
La guerra rápidamente se transformó en una guerra global que desató una movilización sin precedentes de recursos económicos y humanos. El conflicto puso en evidencia la capacidad (y limite) del capitalismo industrial para sostener un desgaste prolongado. Millones de hombres fueron forzados al frente y las economías de las naciones se enfocaron por completo a la producción bélica. En este periodo se dio una intervención estatal inaudita en sectores industria les clave. Ningún avance tecnológico militar evitó que los frentes se convirtieran en un baño de sangre que consumía cantidades ingentes de materiales sin resultados que presumir. Este progresivo agotamiento económico se agravó con el paso de los años e, inevitablemente, llevó al colapso de los imperios multinacionales austrohúngaro y ruso. En 1917 la entrada a la guerra de los Estados Unidos inclinó decisivamente la balanza por su poder económico, industrial y financiero que marcó el ascenso de una nueva hegemonía global. Las consecuencias económicas de la guerra fueron devastadoras. Inflación, endeudamiento masivo, crisis fiscales y desempleo generalizado desmantelaron cualquier atisbo de reconstrucción de la economía liberal internacional previa a 1914.
En los campos de batalla habían muerto millones de personas, pero también la fe en que el liberalismo podía sostener el orden y la paz en la posguerra. 6 Ninguna nación beligerante volvería a ser la misma.
La descomposición económica y social provocada por la Primera Guerra Mundial fue el caldo de cultivo perfecto para el estallido de la Revolución Rusa en 1917. Para 1916: “la situación en materia de alimentos y combustible se volvió crítica en las grandes ciudades.
Por entonces, Petrogrado y Moscú solo cubrían un tercio de sus necesidades alimentarias y se enfrentaban a una hambruna; las reservas alcanzaban en el mejor de los casos para unos pocos días de consumo.”7 La escasez de alimento y combustible en las grandes ciudades rusas se debía a la especulación con los precios del grano, el acaparamiento campesino y la incapacidad del gobierno para actuar decisivamente, Aunque las autoridades reconocían que el gobierno estaba en peligro de una revuelta social masiva por la inflación y el hambre, sus medidas contradictorios quedaban en la inacción por miedo a ceder el control de las organización electivas, es decir, democratizar el régimen. Lo grave para el zar era que el descontento ya no era solo popular. Incluso los generales, burócratas y grandes aristócratas comenzaron a ver el zarismo como un obstáculo para la supervivencia de Rusia. La idea de una revolución parecía ser necesaria. El colapso del régimen era inev itable. Tras la revolución, los soviéticos se aislaron durante una década para reconstruir la nación y en absorber en su esfera de influencia los activistas revolucionarios del mundo. De esta manera tras la Primera Guerra Mundial el capitalismo se enfrentó a su desafío más profundo en su historia: la consolidación de un bloque socialista que se expandía como una alternativa concreta al orden liberal.
La Gran Depresión en 1929 puso a flote las debilidades estructurales del sistema económico basado en el libre mercado y sembró dudas de su capacitad para garantizar estabilidad, empleo y bienestar. Hobsbawm comenta que: “En efecto, si no se hubiera producido la crisis económica, no habría existido Hitler y, casi con toda seguridad, tampoco Roosevelt. Además, difí cilmente el sistema soviético habría sido considerado como un antagonista económico del capitalismo mundial y una alternativa al mismo. […] En pocas palabras, la economía capitalista mundial pareció derrumbarse en el período de entreguerras y nadie sabía cómo podría recuperarse.” 10 Así, la Gran Depresión se percibió como una catástrofe social: el poster que anunciaba el capitalismo era n las de las colas interminables en los comedores beneficios, las huelgas y millones de desempleados que se inmiscuían en la política en busca de soluciones. Por ejemplo, en Alemania, el 85% de los nuevos afiliados al Partido Comunista era desempleados. Todos los sectores de la población se daban cuenta de que el liberalismo económico no podía resolver efectivamente la situación. Para salvar la economía nacional muchos países abandonaron el patrón oro, impusieron barreras proteccionistas y desmantelaron el sistema de libre comercio mundial.
Las consecuencias estructurales fueron inimaginables. En el corto plazo los Estados priorizaron medidas sociales sobre criterios puramente económicos para evitar la radicalización política. Es decir, se protegió y subsidió a la agricultura mientras se buscó alcanzar el pleno empleo como política de Estado. En el mediano y largo plazo surgió el Estado de bienestar moderno con sistemas de seguridad social, empleo garantizado y se impuso la planificación económica como herramienta central. La doctrina keynesiana ganó fuerza: el Estado debía estimular la demanda mediante inversión pública para evitar nuevas crisis de desempleo masivo. Como contraste estaba la Unión Soviética que mostró una acelerada industrialización, sin desempleo y sin magulladuras por el crack bursátil. Esto generó interés en Occidente por la planificación de la economía como única solución racional al caos liberal. Pero en estas condiciones, en Europa, surgió una tercera vía que ofrecía una salida del caos económico y social: el fascismo. El fascismo se consolidó durante los años treinta en una alternativa y un fenómeno global que amenazó la estructura de la democracia liberal. Según Hobsbawm, fascismo no puede entenderse únicamente como una dictadura violenta o una solución autoritaria del capitalismo al desempleo.
Más bien, fue un movimiento política -cultural profundamente reaccionario cuyo encanto radicaba en su capacidad de ofrecer un sentido, disciplina y pertenencia en un mundo caótico y en crisis. La versión alemana del fascismo fue particularmente eficaz porque combino una tradición intelectual crítica del liberalismo con la política estatal de movilizar todos los recursos de la nación para restaurar el orden, terminar el desempleo y reconstruir el país. Rechazando tanto la democracia como la lucha de clases el fascismo proponía una comunidad orgánica nacional donde el Estado y el líder encarnaban la unidad del pueblo y su destino histórico. Fue una respuesta de masas al derrumbe de la civilización liberal que prometía orden, identidad y grandeza en una época marcada por la incertidumbre. La Segunda Guerra Mundial arrasó Europa nuevamente. Hitler y sus objetivos expansionistas pisaron en los intereses de los dos grandes sistemas económicos surgidos del liberalismo que se empezaban a perfilar como alternativas a la organización social. En este sentido el fascismo fue clave para aliar a dos enemigos ideológicos para eliminar una tercera vía que se postulaba como modelo político sostenible.
Esta alianza y la existencia de la URSS como referente real obligó al capitalismo a humanizarse para contener el descontento social y evitar una nueva oleada de revoluciones en las democracias liberales. La historia del siglo XX es esencial porque el mundo enfrentó desafíos monumentales. Las ideologías consolidadas en sus primeras décadas tuvieron que superar una guerra mundial, el colapso global de las instituciones financieras y revoluciones sociales.
Las maneras en como los países respondieron a “la época de las crisis” configuraron el mundo contemporáneo y el pensamiento económico. El capitalismo se reinventó: el dogma de la no intervención estatal se flexibilizó sin abandonar los principios de propiedad privada y acumulación de capital aceptando la planificación parcial, la redistribución moderada y el papel del Estado como regulador de los mercados. Fue a través de la incorporación de elementos externos que el capitalismo logró adaptarse y sobrevivir. Por su parte, el comunismo surgió como una ruptura radical al antiguo orden social. El experimento soviético introdujo a la realidad conceptos económicos teóricos como la planificación central, la colectivización, industrialización dirigida y la supresión del mercado para asignar recursos.
Este desarrollo industrial nunca visto obligó al mundo a imaginar un mundo diferente al orden capitalista. Este balance se destrozó en 1991 cuando la URSS colapsó sobre sus propias contradicciones económicas y el capitalismo emergió como paradigma indiscutible. Sin embargo, en el pensamiento económico ambos legados siguen vivos (de cierta manera): el pensamiento de Keynes resurge de vez en cuando en los momentos de crisis, como en 2008 y el COVID; Marx y Lenin continúan siendo los teóricos del movimiento anticapitalista en el sur global. La gran lección del siglo XX es que ningún modelo económico es neutro, eterno ni separado de la H istoria. Ambos modelos económicos fueron una respuesta a problemas concretos y sus teorías deben de leerse con esto en mente.
Es imposible separar la economía de la Historia. Principalmente porque toda teoría económica encierra una concepción del ser humano, del poder y del futuro. Compararlas nos permite comprender el pasado de mejor forma e imaginar distintas formas posibles de organizar nuestras sociedades en momentos de crisis. Por lo tanto, quiero concluir diciendo que la teoría económica no es solo un adorno para el historiador: es una herramienta crítica imprescindible para comprender las estructuras de las sociedades y su devenir. En este sentido, los modelos económicos no son solo abstracciones académicas, pero realidades vividas, criticadas y reformuladas constantemente por actores históricos concretos.
Considero que estudiar la evolución del capitalismo y comunismo permite entender el pasado con mayor profundidad, pero también nos arma de las herramientas necesarias para cambiar nuestro presente. Entender que s í hay alternativas, que existieron otras formas de organización económica y que es posible cambiar el paradigma económico abre nuestro horizonte de posibilidades para el futuro. La economía se disputa diariamente. Entonces, para el historiador, el pensamiento económico enriquece su labor y lo prepara como un mejor analista del cambio y las pertenencias en el tiempo.
Bibliografía
- Hobsbawm, Eric. Historia del siglo XX. Traducción de Juan Fací, Jordi Ainaud y Carme Castells. Buenos Aires: Crítica, 1998. Acceso en PDF
- Landreth, Harry y David C. Colander. Historia del pensamiento económico. Madrid: McGraw-Hill, 2006. Acceso en PDF
- Lenin, V. I. El imperialismo, fase superior del capitalismo (esbozo popular). Traducido por Grupo de Traductores de la Fundación Federico Engels. Madrid: Fundación Federico Engels. Acceso en PDF.
- Pipes, Richard. La Revolución Rusa. México: Crítica, 2023.
- Smith, Adam. La riqueza de las naciones. México: Fondo de Cultura Económica, 2011. Acceso en PDF