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Masonería y sociabilidad política en la Ciudad de México

El surgimiento del Rito Nacional Mexicano entre escoceses, yorkinos y prensa política.

Un ensayo sobre la masonería como espacio de debate público, sospecha política y reorganización de la sociabilidad republicana entre 1825 y 1830.

I. Introducción

Durante los primeros años tras la fundación de la República Mexicana las sociedades secretas, en especial las relacionadas con masonería, ocuparon un papel privilegiado en el debate político público. Lejos de ser un tema limitado a los miembros de las logias, el tema de las sociedades secretas fueron objeto de una intensa polémica en la prensa, los cuerpos legislativos y la opinión pública. En este sentido, la polémica masónica fue utilizada como una clave explicativa de los conflictos políticos que envolvieron al nuevo Estado. En particular, los periódicos desempeñaron un papel central como espacios de confrontación discursiva a partir del cual se debatieron cuestiones fundamentales para la nueva nación: el tipo de gobierno, la legitimidad de las asociaciones, la relación entre ciudadanía y poder, y los límites de la acción política organizada. Entre 1821 y 1830 la masonería fue objeto de discursos encontrados que oscilaron entre la sospecha moral y religiosa y su interpretación como un instrumento de participación política, reflejando las tensiones propias de un Estado en proceso de conformación. Lo anterior se localizó en un momento de conflicto entre logias escocesas y yorkinas, la rivalidad entre el Rito Escocés y el Rito de York se tradujo en una lucha abierta por la influencia en los espacios de poder, tanto en el ámbito legislativo como en la opinión pública.

Periódicos como El Sol (identificado con posiciones cercanas a los escoceses) y Águila Mejicana (de inclinación yorkina y federalista) se convirtieron en vehículos clave para la difusión de discursos, proyectos de ley, debates parlamentarios y polémicas en torno a las sociedades masónicas.

Es en este contexto que la masonería opero como un lenguaje político que permitió articular ataques, defensas y proyectos contrapuestos. Entre 1826 y 1827, los debates sobre la legalidad de las logias, su supuesta peligrosidad para la religión y el orden público, así como su influencia en los procesos electorales ocuparon un lugar recurrente en la prensa. La circulación de textos idénticos en periodos de afiliación opuesta (“La masonería”, por ejemplo), la publicación de discursos senatoriales, artículos doctrinales y sonetos pone de manifiesto la existencia de un dialogo constante y conflictivo entre los distintos órganos organizadores de la opinión pública, en esta operación la masonería funcionó como eje articulador del enfrentamiento entre facciones. La intensidad del conflicto masónico resultó en expresiones críticas que denunciaron impresos llamaron a superar las rivalidades internas y a evitar que las logias se convirtieran en instrumentos exclusivos de ambiciones políticas, señalando que dicha confrontación atentaba contra la unidad nacional y la estabilidad del régimen republicano. Estas publicaciones, aunque minoritarias frente a la cantidad de discursos facciosos dominantes, abren la posibilidad de pensar en formas distintas de sociabilidad masónica desligada de la lucha directa por el poder.

Es en este escenario de polarización donde se inscribe el surgimiento del Rito Nacional Mexicano en 1825. De acuerdo con las fuentes contemporáneas y con la historiografía, su fundación estuvo vinculada al descontento de masones provenientes tanto del rito escocés como del yorkino, quienes buscaban una alternativa frente a la creciente politización y radicalización de ambas logias. El Rito Nacional Mexicano no apareció, en sus orígenes, como una fuerza destinada a disputar la hegemonía política; y sí como un intento por reconstituir la masonería sobre bases distintas, apelando a principios de independencia y soberanía, moderación y concordia en un momento marcado por la confrontación abierta entre facciones hermanas. Con el siguiente trabajo pretendo analizar el surgimiento del Rito Nacional Mexicano entre 1825 y 1830, no como un fenómeno aislado, sino como parte de un proceso más amplio de disputa por la definición de la sociabilidad política en los primeros años de la República.

El objetivo es examinar qué condiciones políticas y discursivas hicieron posible su aparición, qué tipo de vínculos permitió entre sus miembros y cuál fue su lugar dentro del debate público sobre la masonería (atendiendo especialmente a su representación en la prensa y a su relación con el conflicto entre escoceses y yorkinos). Con este objetivo en mente, recurro al análisis de fuentes hemerográficas (principalmente El Sol, Águila Mexicana y otros impresos contemporáneos) como a la historiografía especializada de masonería en México con el fin de reconstruir el significado histórico del Rito Nacional Mexicano en el proceso de consolidación del Estado mexicano. A partir de este enfoque, el desarrollo se organiza en tres momentos: primero, el análisis del enfrentamiento discursivo entre escoceses y yorkinos en la prensa; en segundo lugar, el examen del surgimiento del Rito Nacional Mexicano como respuesta a dicha polarización; finalmente, una valoración de su alcance y límites dentro del escenario político y mediático del periodo.

II. Debate público, faccionalismo masónico y redefinición de la sociabilidad

política en el México independiente. Durante los primeros años del México independiente la masonería se convirtió en un tema central del debate político, no tanto por su naturaleza interna o sus prácticas rituales, más bien por el lugar privilegiado que ocupó en las disputas públicas en torno a la legitimidad del poder, la forma de gobierno y organización de los cargos y vida política. En este contexto, la prensa periódica desempeñó un papel fundamental como espacio de confrontación y articulación de argumentos al funcionar como el principal medio a través del cual se discutieron, interpretaron y resignificaron las logias masónicas y su presunta influencia en los asuntos nacionales.

Lejos de ser actores homogéneos, las logias masónicas (y sus facciones escoceses y yorkinos) aparecieron en los impresos políticos como identidades en disputa, construidas y redefinidas constantemente a través del lenguaje polémico, la acusación moral y la intervención ideológica. Fue en este escenario discursivo donde la masonería pasó a ser entendida como un problema político de primer orden y donde, al mismo tiempo, comenzaron a perfilarse propuestas alternativas que buscaban superar la polarización existente, especialmente el Rito Nacional Mexicano. Tal como ha señalado la historiografía especializada, la dificultad para documentar las prácticas internas de las logias obliga al historiador a desplazar el análisis hacia el terreno de la discusión pública donde la masonería adquirió significados cambiantes según los contextos, los actores y los intereses en juego. En este sentido, la masonería funcionó menos como una institución coherente que como un significante político mutable, capaz de articular miedos, proyectos y antagonismos en una república aún en formación. El desplazamiento experimentado hacia el debate público permite comprender por qué los periódicos se convirtieron en un escenario importante de la controversia masónica.

Entre 1825 y 1830 se construyeron diversas narrativas sobre la masonería como: una amenaza, una herramienta legítima de participación política o un síntoma de la descomposición del cuerpo político. Dentro del anterior escenario, el faccionalismo masónico adquirió una visibilidad inédita. La historiografía especializada ha demostrado que a partir de la década de los 1820´s, la adscripción a uno u otro rito comenzó a operar como marcador político, aunque de manera inestable y no siempre coherente. 7 En este instante, la prensa desempeño un papel decisivo para categorizar determinadas posturas políticas con filiaciones masónicas específicas, esto contribuyó a la percepción de que las logias actuaban como partidos en cubiertos que controlaban la vida política de la República. Esta multiplicidad de representaciones quedó condensada en un artículo publicado en El Sol (1826-07-17) y, un día después, en Águila Mexicana donde se leyó:

MASONERÍA Hablase mucho de masones en los papeles públicos de nuestros días; unos los ensalzan, otros los deprimen: tales consideran sus logias como juntas benéficas protectoras de la humanidad; cuales las sospechan como unos impíos que atentan contra el gobierno y el altar. Algunos estiman, por puerilidad, el misterioso secreto y fórmulas con que se conducen, no dirigidos su objeto más que á proporcionarse comodidades y auxilios personales; otros los hacen directores de la causa pública, en que se les supone influir poderosamente, y por eso se formida la clandestinidad de sus logias. Para unos son estas reuniones motivos de esperanza, para otros de temor, y para otros de risa; ¿cuál es por último el objeto final de la masonería? No lo sabemos; más para el caso que nos hemos propuesto, queremos tomar la cosa por el aspecto más serio que pueda verse. Lo interesante de este extracto no es la definición de masonería en sí misma, pero en mostrar la dificultad de fijar un significado unívoco. Me refiero a que, en el artículo, se enumeran interpretaciones contrapuestas que circulaban casi simultáneamente en el espacio público. Desde la masonería como asociación filantrópica hasta su caracterización como amenaza religiosa y política.

Esta ambigüedad no es un error en el argumento ni mucho menos, es un reflejo del carácter polémico del debate y la función de la prensa como espacio de acumulación y confrontación de discursos. No hay un autor explicito, pero resulta significativo que insista en la incertidumbre respecto al “objeto final” de la masonería. Más que una carencia informativa, esta afirmación apunta a la percepción de que las logias operaban en un terreno opaco, lo que facilitaba su utilización como explicación general de conflictos políticos diversos. En este sentido, la masonería funcionó menos como una institución homogénea y más como una categoría flexible, susceptible de ser activada retóricamente para legitimar o deslegitimar proyectos políticos específicos.

Esta operación discursiva no solo fue ambigua con respecto al concepto “masonería”, pero también tuvo consecuencias en políticas concretas. La dificultad de fijar un significado para el objeto de la polémica permitió que distintos actores lo convirtieran en un recurso explicativo de la inestabilidad en la República. Por un lado, se asociaron con practicas clandestinas, ambiciones personales o conspiraciones contra el orden constitucional. En este sentido, la masonería comenzó a ser percibida como un problema latente y susceptible de la intervención estatal. Lo anterior se vio reforzado por la creciente presencia del tema en debates legislativos y proyectos de ley.

Un indicio claro de esta transición puede observarse en la cobertura que la prensa asociada a la masonería dio a las discusiones senatoriales de 1826. El 2 de mayo de ese año, El Sol publicó el “Proyecto de ley presentado por el Sr. Cevallos a la Cámara de Senadores y suscrito por los Sres. Alpuche, Zavala y Berduzco”, iniciativa que proponía proceder contra las sociedades secretas por considerarlas incompatibles con la seguridad públ ica y el orden constitucional. Al día siguiente, Águila Mejicana reprodujo el discurso del senador Cañedo, quien cuestionó la legitimidad de criminalizar asociaciones cuya peligrosidad no había sido demostrada y advirtió que una medida de este tipo atentaría contra los principios de libertad que la República decía defender. La secuencia de publicaciones revela no solo un desacuerdo parlamentario, sino la existencia de un diálogo periodístico constante en el que los mismos acontecimientos eran reinterpretados desde posiciones políticas opuestas, reforzando la identificación entre masonería y faccionalismo político, aunque el objetivo fuera informar. Como he comentado, la reiteración de intercambios periodísticos contribuyó a consolidar la idea de que las logias actuaban más como facciones políticas encubiertas capaces de influir en los procesos legislativos y, menos como una asociación fraternal de individuos con ideas afines.

Esta percepción fue reforzada por la insistencia en el carácter secreto de la masonería, elemento que fue traducido al lenguaje de la sospecha política. Como señalaba El Sol en diciembre de 1826 al publicar los “ Informes del gobierno general sobre masones”10, el Ejecutivo había solicitado a los estados información detallada sobre las actividades, miembros y objetivos de las logias, con el fin de evaluar su impacto en la estabilidad nacional. Esto marco un punto de no retorno porque la masonería dejó de ser únicamente una polémica moral o religiosa para convertirse en una situación que requería de acción legislativa.

A pesar de esta tensión con el gobierno y la opinión pública, el debate no se redujo únicamente a prohibición tajante o defensa religiosa de la masonería. En medio de la división escocesa-yorkina empezaron a surgir discursos que cuestionaban los efectos perjudiciales que provocaba el faccionalismo masónico en la nación. Un ejemplo temprano y particularmente explícito se encuentra en el impreso Hay va ese Hueso Duro de Roer y que le Metan el Diente, publicado el 1.º de enero de 1826 bajo el título “Profecía política”. En este texto el autor (anónimo) advertía que la desunión interna había debilitado a la República y recurría a ejemplos europeos (Francia y España) para subrayar los peligros de la discordia civil. En este marco, la masonería era presentada no como una amenaza intrínseca, más bien como una institución cuyo “objeto más sagrado” debía ser “mantener y fortificar las leyes que establecen orden y armonía”, y cuya fragmentación interna aparecía como una de las causas del deterioro político. Su solución es la siguiente: “¡El fallo es pronunciado! Si no nos unimos todos para formar un solo cuerpo; si no abandonamos esas distinciones en el nombre de escoceses o yorkinos; si no se olvidan resentimientos frívolos que nos degradan, nuestra ruina es inevitable: los hierros de la esclavitud volverán a doblar nuestros cuellos”.

Conviene precisar la naturaleza del impreso del que procede dicho texto. Hay va ese hueso que roer y que le metan el diente fue una publicación periódica aparecida en México en 1826 impresa a cargo de Martín Rivera, su periodicidad era más bien irregular. De orientación marcadamente anticlerical el periódico se pronunció a favor de la secularización de los bienes eclesiásticos, criticó la acumulación de los llamados bienes de manos muertas y denunció el fanatismo religioso como un obstáculo para el progreso material y moral de la nación. Aunque no se trató de un órgano masónico ni de una publicación dedicada exclusivamente a la masonería, El Hueso participó activamente en las controversias políticas y religiosas del primer federalismo y abordó el tema masónico como parte de una reflexión más amplia sobre la desunión, el faccionalismo y los peligros que estos entrañaban para la estabilidad de la República.

En cualquier caso, considero que la importancia de esta publicación radica, no en su posición especifica pro-masonería, y sí en que inserta el problema masónico dentro de una preocupación más amplia por la cohesión del cuerpo político. A diferencia de los discursos que identificaban a las logias como conspiraciones o focos de corrupción moral, aquí la masonería aparece como una institución potencialmente ordenadora cuyo problema no residía en su existencia, pero en su fragmentación interna y en su instrumentalización facciosa. Esta distinción resulta fundamental para comprender el clima intelectual en el que comenzó a gestarse la idea de una masonería nacional capaz de sustraerse de la lógica de conducía inevitablemente al colapso del orden político y a la pérdida de la libertad. Al trasladar este diagnóstico al caso mexicano el autor sugería que la masonería, lejos de ser un factor externo o marginal, formaba parte integral de los procesos que podían fortalecer o debilitar a la nación. Si lo analizamos con el contexto del debate publico en torno a la masonería, es coherente en identificar el alcance de influencia de las logias masónicas, e incluso justifica la intervención del estado para asegurar la seguridad nacional.

El anterior planteamiento coexistió con un endurecimiento progresivo de las posturas oficiales frente a las sociedades secretas a partir de 1827. Si bien durante los primeros años de vida independiente la discusión pública osciló entre la tolerancia prudente y la crítica moral, hacia finales de la década comenzó a imponerse una lectura que asociaba de manera directa el secreto asociativo con la amenaza al orden público, la estabilidad institucional y la soberanía de la federación. Esta percepción no surgió de manera espontánea, fue construida a través de informes gubernamentales, debates parlamentarios y una intensa mediación periodística que contribuyó a fijar una opinión pública adversa a las logias.

Uno de los sucesos más ilustrativos son las discusiones sostenidas en el Congreso en abril de 1828. En ellas diversos legisladores defendieron la necesidad de una ley federal contra las reuniones clandestinas argumentando que las sociedades secretas, y en particular las logias masónicas, dividían la opinión pública, organizaban facciones y podían desembocar en la anarquía o incluso en la pérdida de la independencia nacional. Frente a estas posturas, figuras como Valentín Gómez Farías advirtieron sobre los riesgos de legislar de forma general en una materia que correspondía, en principio, a la administración interior de los estados, además de señalar el peligro de que la ley se convirtiera en un instrumento de persecución política mediante denuncias infundadas. No obstante, la mayoría parlamentaria terminó por imponer la idea de que el carácter “nacional” del peligro justificaba la intervención del Congreso General en nombre de la conservación del orden interior de la federación. Este clima de sospecha y alarma política se tradujo rápidamente en políticas concretas.

Un antecedente clave fue el decreto del Congreso del estado libre y soberano de Veracruz (promulgado en abril de 1827) que prohibía de manera absoluta todo rito masónico o asociación secreta dentro de su territorio y establecía penas severas que incluían el destierro, la pérdida del empleo público y el presidio. 13 La legislación veracruzana no solo anticipó la línea que posteriormente adoptaría el gobierno federal y también funcionó como referente simbólico de una política de fuerza frente a las logias al presentarse como un acto de defensa de la soberanía estatal y de la moral pública. En este contexto periódicos como El Sol no se limitaron a reproducir los decretos: los acompañaron de comentarios, piezas literarias y recursos retóricos que reforzaban su significado político. La publicación del soneto y la décima en abril de 1827 es un ejemplo claro: SONETO ¿Quién es aquel que pisa magestuoso La enemiga cerviz, que prevalece, Y entre el polvo confunde y desvanece Del soberbio contrario el gran coloso? ¿Quién es el que a su pátria generoso La piedad y la paz le restablece, Dando la libertad, que ella apetece, Y no gozára el Anáhuac dichoso?

¿Quién es este, preguntan las naciones? Y el eco dulce, sonoroso y tierno Responde con enérgicas canciones: Es de la Veracruz sábio gobierno Que abatiendo a la turba de masones Les dá sepulcro en el profundo averno. DÉCIMA Ya los masones sentimos Un grandísimo pesar, Porque se nos va a frustrar El plan que nos propusimos:

A gobernar nos metimos Por nuestro aprovechamiento; Mas el destierro no es cuento… Dejemos la pretensión, Pues no guarda proporción El placer con el tormento. No se trata de una expresión artística marginal estas composiciones condensaban una lectura política precisa: la prohibición de las logias aparecía como un acto de gobierno justo, necesario y restaurador del orden republicano, mientras que la masonería era reducida al registro de la ambición facciosa y el castigo legítimo.

La convergencia entre debate legislativo, acción estatal y opinión publicada alcanzó su punto culminante con el decreto federal de octubre de 1828 mediante el cual el Congreso General renovó la prohibición de toda reunión clandestina en la República y estableció un sistema escalonado de sanciones que afectaba tanto a ciudadanos como a empleados públicos y extranjeros. La amplitud del decreto, así como la dureza de sus penas, evidencian que el problema ya no se concebía como una cuestión menor y más como un asunto de seguridad política que exigía una respuesta uniforme desde el centro del poder federal.

En conjunto, estas disposiciones legales y su acompañamiento discursivo permiten observar un desplazamiento significativo en la manera en que se pensaron las sociedades secretas en el México de la década de 1820. De espacios ambiguos de sociabilidad políti ca, susceptibles de crítica, pero también de tolerancia, pasaron a ser construidas como focos de conspiración y desorden cuya mera existencia justificaba la intervención represiva del Estado. Este proceso no solo revela los temores y tensiones propias de una república en formación, también muestra cómo la combinación de legislación, retórica parlamentaria y prensa contribuyó a delimitar los márgenes de la participación política legítima en los primeros años de vida independiente preparando el terreno para una redefinición más amplia de la relación entre ciudadanía, opinión pública y autoridad estatal.

III. Conclusiones.

El análisis del debate público sobre la masonería en la Ciudad de México entre 1825 y 1830 permite comprender que las logias masónicas no pueden ser estudiadas únicamente como asociaciones discretas o como estructuras cerradas de sociabilidad, fueron actores simbólicos centrales en la configuración del espacio político del México independiente. A través de la prensa, de los debates legislativos y de la producción normativa, la masonería se convirtió en un lenguaje político capaz de condensar temores, proyectos y antagonismos en una república todavía en proceso de definición institucional.

La rivalidad entre escoceses y yorkinos no solo expresó diferencias ideológicas o afinidades políticas, contribuyó decisivamente a transformar a la masonería en un significante polémico asociado tanto a la participación política como a la conspiración, la ambición facciosa y el desorden. En este contexto, la imposibilidad de fijar un significado unívoco de “masonería” facilitó su instrumentalización discursiva y justificó la intervención del Estado en nombre del orden público y la soberanía nacional. Las prohibiciones estatales y federales de 1827 y 1828 no fueron simples reacciones autoritarias, más bien el resultado de un proceso en el que prensa, opinión pública y poder legislativo convergieron en la construcción de las sociedades secretas como un problema político apremiante.

Es precisamente en este escenario de polarización, vigilancia y creciente criminalización del secreto asociativo donde debe situarse el surgimiento del Rito Nacional Mexicano. Lejos de aparecer como una anomalía o como una tercera facción destinada a disputar el poder, el Rito Nacional puede interpretarse como un intento de redefinir la sociabilidad masónica frente al desgaste producido por el faccionalismo escocés-yorkino. Su emergencia respondió a la percepción, compartida por algunos contemporáneos, de que la fragmentación interna de la masonería debilitaba al cuerpo político y contribuía a la inestabilidad de la República.

De este modo, el Rito Nacional Mexicano se inserta en una discusión más amplia sobre los límites de la acción política organizada, la legitimidad de las asociaciones y la relación entre ciudadanía y poder en los primeros años de vida independiente. Su apar ición no resolvió las tensiones que atravesaban al campo masónico ni logró sustraerse por completo a la politización del periodo; sin embargo, constituye un indicador significativo de los esfuerzos por imaginar formas alternativas de sociabilidad política en un contexto marcado por la confrontación, la sospecha y la redefinición del orden republicano. Analizarlo desde esta perspectiva permite comprender mejor no solo la historia de la masonería en México, también los procesos mediante los cuales se delimitaron los márgenes de la participación política legítima en la temprana República.

Bibliografía

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