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No hay progreso en la Filosofía

Eric Dietrich, traducido al español con nota introductoria.

Primera traducción del archivo: una intervención filosófica sobre progreso, desacuerdo persistente y límites de la disciplina.

Nota del traductor

Este texto es mi traducción al español de "There Is No Progress in Philosophy", de Eric Dietrich (Binghamton University), publicado originalmente en inglés en Essays in Philosophy, vol. 12, núm. 2 (2011), artículo 9, editado por Pacific University Library (ISSN 1526-0569).

Todos los derechos sobre el contenido original en inglés pertenecen a Eric Dietrich y a Essays in Philosophy. Para cualquier uso académico, se recomienda citar y consultar la versión original.

Cita recomendada del original: Dietrich, Eric (2011). "There Is No Progress in Philosophy." Essays in Philosophy, vol. 12: iss. 2, artículo 9. DOI: 10.5840/eip20111229

Versión en línea (acceso abierto): http://commons.pacificu.edu/eip/vol12/iss2/9

Eric Dietrich Binghamton University, email: dietrich@binghamton.edu

Essays in Philosophy, Volumen 12, Tema 2: Futuro de la filosofía: ¿Ciencia o algo más?, Artículo 9 Publicado el 11 de julio de 2011

Abstracto

Excepto por una pátina de modernidad del siglo veintiuno, en forma de lógica y lenguaje, la filosofía es exactamente la misma que siempre ha sido; no ha hecho ningún progreso en absoluto. Los filósofos lidiamos exactamente con los mismos problemas con los que lidiaban los presocráticos. Incluso más escandaloso que esta aseveración es la negación rotunda de esta verdad obvia por parte de muchos filósofos en activo. La perspectiva del No-progreso es explorada y argumentada en este artículo. La negativa es diagnosticada como una forma de anosognosia, una condición mental donde la persona afectada rechaza la mera existencia de algún problema. Las teorías de dos eminentes filósofos que respaldan la perspectiva del No-progreso también son examinadas. La sección final ofrece una explicación de la inhabilidad de la filosofía para nunca resolver ningún problema filosófico. El artículo concluye con algunas reflexiones sobre el futuro de la filosofía.

Si ponemos en duda, como lo hacen muchos, que progresen los campos no científicos, ello no se deberá a que las escuelas individuales no progresen. Más bien, debe ser porque hay siempre escuelas competidoras, cada una de las cuales pone constantemente en tela de juicio los fundamentos mismos de las otras. El hombre que pretende que la filosofía, por ejemplo, no ha progresado, subraya el hecho de que haya todavía aristotélicos, no que el aristotelismo no haya progresado.

— Thomas Kuhn, Structure of Scientific Revolutions (segunda edición), pp. 162-163.

1. Cómo la filosofía es similar a la ciencia

Soy un profesor en un departamento de filosofía. La mayoría de mis colegas filosóficos estudian cuestiones éticas, de un tipo u otro. Tenemos en el departamento varios consecuencialistas, un par de deontologistas y esencialistas morales, un par de éticos de la virtud, y unos cuantos relativistas. Es bien sabido que comúnmente estas posturas, al menos en ciertas formulaciones muy conocidas, son incompatibles entre sí. Ciertamente, la mayoría de mis colegas creen esto. La mayoría cree que él o ella tienen razón. Como también creen en la incompatibilidad teórica, piensan que sus colegas están equivocados. Los consecuencialistas (un grupo al que no pertenezco) son particularmente vociferantes (sin duda, por pura casualidad). Ellos nos explican apasionada y sinceramente que estamos mal, y nos presentan argumentos nuevos y antiguos para hacernos cambiar de opinión. Nunca lo hacemos.

Todo lo anterior no es para decir que sus argumentos no nos afecten. Como filósofos de todas partes y estirpes, nosotros los no-consecuencialistas somos fuertemente afectados por los argumentos de nuestros colegas en favor del consecuencialismo: nos llevan a trazar distinciones y encontrar falsas premisas y errores en su razonamiento. Por supuesto, cuando se los señalamos, los consecuencialistas, como nosotros, no cambian de opinión; se repliegan incluso con más fervor y empiezan de nuevo.

También la religión es importante en mi departamento. Aquí las cuestiones son incluso más delicadas, lo que es obvio por el hecho de que las discusiones acerca de la religión son mucho más amables que las discusiones sobre ética. Los teístas piensan que los ateístas son ignorantes, y viceversa. Los budistas creen que ambos están lamentablemente confundidos, y solo perderán su confusión tras muchos ciclos de muerte y renacimiento. Debido a que las religiones cargan un compromiso ontológico robusto, aquí los desacuerdos son realmente sobre la estructura y contenido del universo; son desacuerdos sobre el tipo de universo en el que vivimos. Sus discusiones son incluso más ineficaces que las discusiones éticas mencionadas anteriormente.

Estos dos casos —ética y religión— son instanciaciones locales de la forma en que los filósofos se comportan y se han comportado desde que aparecieron por primera vez en la humanidad, lo cual es probablemente contemporáneo a la emergencia del lenguaje. Los filósofos discrepan fuertemente entre ellos, los argumentos rara vez cambian la mente de un filósofo (aunque a veces las discusiones despiertan a un filósofo/a de sus letargos dogmáticos), y creen que el otro está mal y ha cometido errores, en vez de solamente pensar que cada uno tiene una interpretación diferente de los hechos relevantes.

De manera que, comportándose como lo hacen, los filósofos actúan casi de manera exacta a como lo hacen los científicos (y matemáticos). Para ver esto, compare la situación en mi departamento con la del otro lado del campus, en el departamento de biología. Tenemos, en la Universidad de Binghamton, a un reconocido biólogo —David Sloan Wilson— quien por décadas ha desarrollado y argumentado por una importante adición a la teoría actual de la evolución: la teoría de la selección de grupo. En la teoría de la selección de grupo, las presiones de selección actúan no solamente en individuos (o genes), sino también en grupos de individuos similares, llamados rasgos de grupo. Wilson usa la selección de grupo para explicar cosas como la evolución del altruismo y la cooperación, para las cuales la selección de grupo funciona bastante bien y aparentemente mejor que los modelos basados en la selección de genes. La perspectiva de Wilson es más compleja que esta breve descripción; por ejemplo, la selección de grupo es solo una parte de su teoría más amplia, llamada la teoría de la selección multinivel, que postula selección ocurriendo en varios y diferentes niveles: gen, célula, organismo, grupo (véase Sober y Wilson, 1998; Wilson, 1975; Wilson y Sober, 1994; y Wilson y Wilson, 2008). Como sea, esto es suficiente para nuestros propósitos.

La selección de grupo es rechazada rotundamente e incluso atacada salvajemente por gente como Richard Dawkins y Daniel Dennett, quienes la rechazan como incorrecta o, en el mejor de los casos, irrelevante (véase Dawkins, 1994, y Dennett, 2006). La selección de grupo fue prohibida en la biología evolutiva allá por los tardíos 1960, principalmente por el fallecido George Williams (Williams, 1972) —las razones son complejas y sociológicas más que científicas. Pero gracias a David Wilson y otros biólogos como él, la selección de grupo está regresando y encontrando un hogar en la teoría de la evolución. Dawkins y Dennett persisten sin ser persuadidos por los argumentos de Wilson. Wilson piensa que están en un error; ellos creen que él está equivocado. Por cada argumento que Wilson presenta, Dawkins y Dennett afinan su capacidad de hacer distinciones y encontrar errores con el fin de refutarlo, y viceversa. Uno se acuerda inevitablemente del viejo dicho: "Los debates científicos se ganan solo cuando los combatientes mueren y una nueva generación crece adoptando las nuevas teorías." Si las teorías de la selección de grupo (y multinivel) se imponen eventualmente, será porque una nueva generación de biólogos las adoptará.

Es notable qué tan común es esto en la ciencia. Einstein aparentemente se fue a la tumba creyendo que la mecánica cuántica era errónea (incluso aunque él ayudó a crearla). Henri Poincaré, Leopold Kronecker, L. Brouwer y L. Wittgenstein murieron creyendo que las teorías de Georg Cantor sobre los números transfinitos no solo eran erróneas, sino "una grave enfermedad", en palabras de Poincaré. Aunque pocos en número, científicos legítimos de hoy en día no creen en la teoría de la evolución, prefiriendo en cambio alguna teoría de creación por agentes inteligentes. No hay duda de que se irán a la tumba manteniendo tales creencias (y viceversa con los evolucionistas).

Hay contraejemplos, por supuesto. La teoría de Robert Bakker sobre que los dinosaurios eran de sangre caliente, rápidos e inteligentes es ahora (con algunas variaciones) la interpretación aceptada, y se convirtió en la interpretación común durante su propia vida. Aunque hay una apropiada e irónica salvedad aquí: Bakker se rehúsa a aceptar la teoría de la extinción de los dinosaurios por el impacto de un asteroide o cometa, y esto a pesar de una publicación de 2010 en Science de un artículo que respalda fuertemente la teoría (Schulte et al., 2010).

Entonces, nadie puede convencer a su propio adversario. Todo lo que se puede esperar es convencer a la siguiente generación. Las buenas teorías, las mejores teorías, hacen justamente esto. Este comportamiento probablemente tiene sentido a la larga, ya que si renunciáramos a nuestras queridas teorías científicas demasiado fácil, no las someteríamos a la experimentación y crítica suficientes como para otorgarles legítimamente el codiciado honorífico de verdaderas. De manera que la ciencia se impulsa hacia adelante.

¿Pero qué hay de la filosofía? Definitivamente se parece mucho a la ciencia en esto: nadie puede convencer a su adversario, etc., etc. ¿También se impulsa hacia adelante?

No, no lo hace.

2. Cómo la filosofía difiere de la ciencia

La filosofía ni siquiera avanza a tropezones. La filosofía no se mueve hacia adelante en absoluto. Es exactamente la misma que era hace 3000 años; de hecho, como era desde su origen. Lo que sí hace es mantenerse actualizada; los filósofos confunden esto con avanzar, con progresar. Mantenerse al día no es avanzar, como tampoco estar al tanto de las nuevas modas o músicas es un movimiento hacia una mayor justicia social.

Sé que esta aseveración les parece a los filósofos claramente falsa, loca y escandalosa. Recibo dos tipos de miradas. Una es la de completa confusión, como si hubiera dicho sinceramente: "Uno más uno es igual a tres." La otra es de asco, como si hubiera dicho sinceramente: "La esclavitud es un requerimiento moral."

"Mira", podrías decir, en el espíritu de tratar de corregir a alguien que cree que la luna está hecha de queso verde, "todos pensamos que la esclavitud es inmoral. De hecho, sabemos que lo es. ¿Cómo no es eso progreso filosófico? ¿Cómo no es eso progreso en la ética, que es una rama de la filosofía?"

No dije que la sociedad no progresara. Lo hace. Hoy está clara la inmoralidad de la esclavitud. (Más o menos: aunque la esclavitud es ilegal en todo el mundo, hay más esclavos que nunca, y es un negocio de miles de millones de dólares). Pero la filosofía no descubrió su inmoralidad. Los filósofos no estaban liderando la carga contra la esclavitud cuando era abierta y comúnmente practicada. Lo que pasó fue que los líderes políticos y activistas sociales (quienes no eran filósofos, sino activistas sociales) cambiaron la manera en que muchos pensaban sobre la esclavitud, hasta el punto de que las actitudes cambiaron, se instituyeron leyes y, por lo tanto, la sociedad y la cultura cambiaron. Los filósofos se tuvieron que poner al corriente. Esto es verdad en todos los ámbitos de la ética. Excepto por un puñado de escritos (Mill sobre los derechos de la mujer, por ejemplo; Locke sobre libertad individual e igualdad jurídica), los filósofos no estaban, y aún no lo están, a la vanguardia de ningún avance en moralidad y ética. Los filósofos no descubrieron ni iniciaron el impulso de los derechos animales, los derechos civiles, los derechos para los discapacitados, los desamparados; no fueron los primeros en impulsar, antes que nadie, el aumento de diversidad y respeto por todos los humanos y toda la vida. Tuvieron que alcanzar estas ideas, y francamente, muchos aún se han quedado bastante atrasados.

"Pero, aun así", podrías replicar, "los filósofos ahora saben que la esclavitud está mal. Eso es un avance, como tú mismo lo admitiste, entonces la filosofía efectivamente progresa."

Oh sí... ¿por qué es inmoral la esclavitud? Ningún par de filósofos respondería de forma igual. Incluso dentro de los consecuencialistas en mi departamento hay varias y diferentes explicaciones de por qué la esclavitud es inmoral. En un sentido profundo e importante, no sabemos por qué la esclavitud es inmoral. Solo sabemos que lo es. Y saber esto último es algo que muchos saben. El trabajo de la filosofía —si es que tiene alguno— es explicar o decir por qué la esclavitud es inmoral. Y no lo ha hecho. (Por qué no lo ha hecho será el tema del apartado 6.)

La sociedad no busca a sus filósofos para un entendimiento más profundo de las cuestiones morales y éticas. La sociedad, cuando lo necesita desesperadamente, no puede pedir ayuda a sus filósofos. "¿Qué debemos hacer?" tendría como respuesta: "Bueno, depende. Por un lado, podrías considerar maximizar el bien (de cualquiera de sus diferentes formas, usando cualquiera de las varias definiciones de 'el bien'), pero por el otro lado, podrías considerar que ciertas acciones les parecen a algunos intrínsecamente malas y otras intrínsecamente buenas. Y por un tercer lado, puede ser que el relativismo moral sea verdad, al fin y al cabo. Es difícil decirlo, en realidad."

Aquí hay una cita relevante de James Sterba (2005):

La ética parece ser distinta a otras áreas de investigación. Después de todo, no podemos encontrar defensores contemporáneos de Ptolomeo (c. 100-c. 170 EC), Copérnico (1473-1543), o incluso Isaac Newton (1642-1727), todos asegurando tener la mejor teoría de la física del movimiento celeste. Tampoco hay mercantilistas o fisiócratas contemporáneos, como los había en el siglo dieciocho, diciendo que tienen la mejor teoría de la economía. Pero sí podemos encontrar defensores contemporáneos de Aristóteles (384-322 AC), Immanuel Kant (1724-1804), John Stuart Mill (1806-1873), por ejemplo, todos asegurando tener la mejor teoría de ética. Por supuesto, desacuerdos significativos persisten en otras áreas de investigación, pero el grado de desacuerdo en la ética parece ser mucho más grande.

Sterba ha dado en el clavo. Claramente otros filósofos también ven que al menos algunas ramas de nuestra disciplina de elección no hacen muchos progresos. El problema con la perspectiva de Sterba es que se detiene en la ética. La metafísica y la epistemología, y todas sus subdisciplinas, sufren el mismo destino (véase también McGinn, 1993, y Nagel, 1986). Muy a diferencia de cualquier ciencia, ninguna parte de la filosofía avanza. La filosofía es, exceptuando alguna modernización, exactamente la misma que siempre ha sido. No ha progresado ni una iota.

3. Aristóteles llega al siglo veintiuno

Imagina que Aristóteles, mientras camina por el Liceo, encuentra una fisura temporal y aparece en el día de hoy, en un conocido campus en algún lugar de un país angloparlante, con la habilidad de hablar inglés, vestido con ropa moderna, y que no enloquece como resultado de todo esto. Curioso acerca del estado del conocimiento, encuentra una clase de física y se sienta. Lo que oye lo deja atónito. Una pluma y una bola de metal caen al mismo ritmo en el vacío; ser más pesado no significa caer más rápido, algo que no entiende. A Aristóteles, junto con el resto de la clase, se le muestra la verificación experimental de esto último desde la luna (¿desde la luna?!?!?), realizada por el comandante David Scott del Apolo 15. Las mismas ecuaciones (¿ecuaciones?!?!?) que explican por qué una manzana cae al suelo explican cómo la luna se mantiene en órbita alrededor de la Tierra y cómo la Tierra se mantiene en órbita alrededor del sol (¿órbitas?!?!?). Se entera de las rarezas de la mecánica cuántica. Mientras más escucha, más pasmado se queda. Finalmente, se desmaya. Se desmaya de nuevo en la clase de cosmología, donde aprende, para empezar, que los cometas, los meteoros y la Vía Láctea no son fenómenos atmosféricos, como él había concluido. El Big Bang, la relatividad, el tamaño del universo, el número de galaxias, la materia oscura y la energía oscura... todo lo sobrepasa. En la clase de biología, aprende que el potencial de un ser vivo, su materia, no es en absoluto esclarecedor, como él creía, y en cambio aprende de genética y biología del desarrollo. También aprende que su idea de la generación espontánea está completamente errada —ni cerca de ser correcta. Aprende de la evolución y del descubrimiento de que toda la vida en la Tierra está relacionada. Mientras la clase continúa, se desmaya de nuevo por la impresión.

Después de recuperarse, concluye sobriamente que este mundo moderno, este tiempo avanzado, ha superado por completo su conocimiento y el conocimiento de su época. Se siente empequeñecido ante nuestra sofisticación epistémica. Triste, se adentra en una clase de filosofía —una clase de metafísica, casualmente. Ahí escucha al profesor hablar acerca de las esencias, sobre el ser en cuanto ser, acerca de las estructuras más generales de nuestro pensamiento sobre el mundo. Sabe exactamente de qué habla el profesor. Aristóteles levanta la mano para discutir algunos errores que el profesor parece haber cometido, y algunas distinciones importantes que no se hicieron. Mientras la discusión prosigue, el profesor de metafísica se sorprende, aunque también se muestra encantado con el instinto y las reflexiones de este alumno (mayor). Entonces Aristóteles va a una clase de ética, donde se entera de la importancia actual de lo que aparentemente se llama "ética de las virtudes". La reconoce de inmediato, pero otra vez el profesor parece haber dejado de lado algunos detalles cruciales y no ver algunos aspectos más profundos del tema. Aristóteles vuelve a levantar la mano...

Esta historia del regreso de Aristóteles a la filosofía es sin duda algo plausible para el lector (excluyendo, probablemente, la parte del viaje en el tiempo). Puede ser que no sea más que eso, o apenas eso. Pero es todo lo que necesito. El hecho de que esta historia tenga un mínimo de plausibilidad demuestra que el lector puede discernir una diferencia crucial entre ciencia y filosofía. Desde nuestra perspectiva del siglo XXI, vemos que Aristóteles no estaba ni cerca de acertar con la mayoría de sus ideas, teorías y conclusiones científicas. Sus trabajos en ciencia solo son de interés histórico. Pero sigue siendo un titán hasta hoy en filosofía. Podemos aprender leyendo sus trabajos filosóficos.

Este patrón de ignorar la ciencia antigua, pero releer una y otra vez la filosofía antigua, se repite a lo largo de la historia de la ciencia y la filosofía. Aquí hay otro caso. Considere a Einstein (1879-1955), Frege (1848-1925) y Wittgenstein (1889-1951). El trabajo de estos dos últimos filósofos es leído minuciosamente hasta el día de hoy, no solo por filósofos expertos, sino también en seminarios de posgrado donde sus obras son escrutadas en busca de verdades profundas. Pero ningún físico lee los artículos de 1905 de Einstein, ni siquiera el que trata sobre la Relatividad Especial, ni tampoco leen su artículo de 1916 sobre la Relatividad General. Por supuesto, ambas aún se enseñan —son reconocidas como la columna vertebral de la física moderna y la cosmología. Al haber sido puestas a prueba hasta el cansancio, las teorías de Einstein son, hoy en día, consideradas verdaderas. Pero es precisamente porque estas teorías se consideran verdaderas que nadie lee sus descripciones originales. En cambio, se usan y enseñan versiones modernas con matemáticas más claras. Debido a que sus teorías son verdad, lo que Einstein dijo no necesita debatirse. Las teorías y conclusiones de Frege y Wittgenstein, por otro lado, no se reconocen como verdaderas; se reconocen como interesantes e importantes. Entonces, por supuesto, los originales serán leídos, examinados... y debatidos. Por ejemplo, la interpretación de Kripke sobre Wittgenstein (1982) causó una fuerte polémica, con muchos académicos wittgensteinianos denunciando el libro de Kripke y sus ideas (p. ej., McGinn, 1984; Baker y Hacker, 1984).

El mismo patrón emerge con Charles Darwin (1809-1882) y John Stuart Mill (1806-1873). Las conclusiones de Darwin se consideran verdaderas, así que no hay necesidad de agonizar por lo que realmente dijo. Las conclusiones de Mill no se consideran verdaderas, sino más bien interesantes e importantes. Por lo que sí tenemos que agonizar sobre lo que en realidad dijo.

En suma, aunque los textos científicos relevantes son viejos, las teorías, cuando son ciertas, no lo son (la verdad no envejece). Entonces enseñamos las teorías, actualizándolas con mejores técnicas. Sin embargo, ninguna teoría filosófica es verdadera, o al menos ninguna teoría es considerada verdadera por una mayoría significativa y amplia de filósofos. Entonces no tenemos más remedio que agonizar sobre lo que el filósofo dijo y revisarlo una y otra vez. En el caso de la filosofía, el texto permanece "nuevo", en el sentido de que aún se publica y se lee.

¿Qué podría explicar este patrón de vasta disparidad en las historias de la filosofía y la ciencia, en lo que experimenta el Aristóteles que regresa? Solo una cosa: la filosofía no progresa. Sí, se transforma y se remodela para mantenerse actualizada. Nuestra metafísica de hoy no es la metafísica de Aristóteles. La nuestra está poblada, por ejemplo, de mundos posibles, cuya existencia se sostiene en una robusta y amplia familia de lógicas que Aristóteles no podría haberse imaginado. Nuestra metafísica contiene ideas como la superveniencia, que se usa para explicar, entre otras cosas, la relación entre mente y cerebro, y la relación entre conciencia y cerebro. Pero, más importante aún, nuestra metafísica es para nosotros. Está escrita en nuestro lenguaje para comunicar nuestras ideas del siglo XXI. Pero eso es todo; esa es la extensión del "progreso". Las ideas y teorías son nuevas o están envueltas en lenguaje moderno, pero no ocurre ningún progreso real, ninguno.

4. La anosognosia filosófica

Uno podría objetar que nociones tales como los mundos posibles, la superveniencia y la lógica modal son definitivamente avances; que obviamente representan progreso. De hecho, la filosofía, en todos lados, contiene muchas nociones y conceptos que son completamente nuevos y muy útiles. Aristóteles no tenía estas nociones, estos conceptos avanzados y poderosos con los cuales explicar la mente, el universo y todo lo demás.

Debo haber recibido esta objeción decenas de veces. Lo sorprendente de esta objeción es cuán pobre es, al tiempo que se cree con tanto ardor. Si todas estas nociones representan avances, ¿dónde están las verdaderas teorías filosóficas? ¿Dónde se encuentra el acuerdo profundo y generalizado del mundo filosófico sobre qué teorías son verdaderas? Filósofos me han dicho, frunciendo el ceño y muy serios, que la teoría X es verdad. El problema es —y tú, lector, ya lo sabes— que X abarca no solo diferentes teorías, sino teorías que son de plano incompatibles. Se me ha dicho que la teoría ética de Kant (con algunos arreglos) es verdad, y también se me ha dicho que la teoría de Mill (con algunos arreglos) lo es. En todos estos casos, la teoría X que se me dice que es verdad resulta ser la que el filósofo o la filósofa en cuestión cree y en la que trabaja (sin sorpresa alguna).

¿Cómo puede negarse la verdad evidente de que la filosofía carece de teorías, o al menos carece de teorías generalmente aceptadas como verdaderas? ¿Cómo puede negarse tan vehementemente una verdad tan obvia como que la filosofía nunca progresa?

La anosognosia es una discapacidad mental en la que una persona que sufre una incapacidad primaria niega que efectivamente la sufra. Algunos casos de anosognosia son sorprendentes porque el impedimento primario es grande y evidente. Por ejemplo, las personas ciegas o paralizadas afectadas por anosognosia simplemente negarán que están ciegas o paralizadas.

Los filósofos del mundo entero sufren de anosognosia. Su discapacidad principal es que trabajan en un campo, una disciplina, que nunca progresa, y aun así la mayoría recibe dinero estatal en forma de salarios. Esto crea una disonancia cognitiva que, aparentemente, es imposible de sobrellevar. Entonces desarrollan anosognosia y simplemente niegan que la filosofía nunca progrese. Aseveran que la filosofía progresa porque, después de todo, ahora sabemos que... esperen... la teoría X es verdadera.

También sufren de otras discapacidades mentales. Sufren de la Ilusión de Profundidad Explicativa. La IPE es el error universal que todos cometemos al creer que sabemos sobre algo más de lo que en realidad sabemos. Ejemplo: probablemente crees que entiendes cómo funciona un cierre relámpago; intenta explicarlo. O intenta lo mismo con una batería (véase Rozenblit y Keil, 2002). Los filósofos (en cuanto filósofos) sufren una forma particularmente flagrante de este error epistémico: mientras sostiene una copia de la Metafísica de Aristóteles llena de anotaciones y correcciones, un metafísico moderno disertará sobre la teoría metafísica moderna X y por qué es verdadera, aunque nadie le crea. Al menos los cierres relámpago funcionan y hubo una época anterior a ellos; representan un progreso tecnológico. Y, y esto es clave, al menos alguien en algún lugar puede explicar los cierres relámpago de forma completa y exhaustiva.

Y, por último, los filósofos (en cuanto filósofos) sufren de Superioridad Ilusoria (SI), un sesgo cognitivo que lleva a las personas a sobreestimar sus cualidades positivas. De nuevo, los filósofos sufren una versión extrema de esto. La filosofía es esencialmente destructiva. Creas lo que creas, por muy obvio o fundamental que sea, sin importar quién seas, dónde estés o cuándo, siempre habrá un buen argumento filosófico que demuestre que tu creencia es falsa. No existe creencia profunda y fundamental que la filosofía no pueda refutar (ni siquiera el Cogito de Descartes). La mayoría de quienes son susceptibles a la SI se creen superiores a la media, pero los filósofos se creen tan superiores que afirman ser lo opuesto a lo que realmente son: los vándalos y visigodos del mundo intelectual. O, mejor dicho: el asteroide del tamaño del Everest que se dirige hacia todo lo que la gente decente valora.

5. La filosofía y los nosognosiacos

Los nosognosiacos saben que sufren de alguna enfermedad o discapacidad ("nosognosiaco" es un término de mi invención). Como hemos visto, hay algunos filósofos que sí saben que la filosofía nunca progresa, o que al menos son cautelosos con los reclamos de progreso significativo. Dos de los más distinguidos son Thomas Nagel y Colin McGinn. Sus obras fundamentales en este tema son, respectivamente, The View From Nowhere (1986) y Problems in Philosophy (1993). Aquí, brevemente, están sus teorías.

Nagel argumenta que los problemas filosóficos son intratables debido a la interacción contradictoria de dos perspectivas necesarias e ineludibles: la objetiva y la subjetiva. Por ejemplo, desde la perspectiva subjetiva parece que tenemos libre albedrío, pero desde la perspectiva objetiva parece que no lo tenemos y, en cambio, estamos determinados causalmente como cualquier otra cosa física.

La ciencia funciona en la posición de Nagel porque solo trabaja desde el punto de vista objetivo. Aunque el punto de vista subjetivo sea real, es ignorado por la ciencia: incluso cuando esta estudia la conciencia —el sine qua non del punto de vista subjetivo— lo hace desde el punto de vista objetivo (sin mucho éxito, obviamente). La relación entre la propiedad crucial de la ciencia de ser pública y abiertamente accesible está estrechamente ligada al hecho de que se practique únicamente desde un punto de vista objetivo.

McGinn sostiene que los problemas filosóficos son intratables debido a la forma en que funcionan nuestras mentes. Nuestras mentes son primordialmente para conocer el mundo. Funcionan mejor donde pueden discernir algún dominio de elementos primitivos, cuya combinación da lugar a agregados o estructuras complejas que supervienen sobre los primitivos. El problema es que los problemas filosóficos no se prestan a ese tipo de comprensión. Todos los problemas filosóficos son resolubles en principio, solo que no para nosotros. Es como si le pidiéramos a una tortuga correr los 100 metros en menos de 20 (o incluso 60) segundos. O como si le pidiéramos a un chimpancé descubrir cómo combinar la relatividad general con la mecánica cuántica en una única teoría comprobable.

La ciencia funciona según la perspectiva de McGinn porque la estrategia de abajo hacia arriba que nuestras mentes prefieren es aplicable al mundo ordinario: la física, la química, la biología e incluso la psicología parecen funcionar de esta manera.

6. Filosofía: una revuelta del relativismo

Las teorías de McGinn y Nagel lucen diferentes, pero un examen más detallado revela que son variantes de la misma idea. A partir de aquí veremos que, de hecho, son contradictorias.

Una idea crucial en la posición de McGinn es que, aunque no podemos resolver los problemas de la filosofía, de hecho son resolubles, al menos en principio (1993, caps. 8 y 9, esp. pp. 128 y ss. y 135-156). Y esto tampoco es mera posibilidad lógica; es una posibilidad física (posible en este universo; de hecho, cree que aspectos de nuestro propio cerebro han resuelto efectivamente algunos problemas centrales de la filosofía de la mente, pero no podemos acceder a dicho conocimiento, pp. 135-143). Por lo tanto, existe, en principio, un conjunto de capacidades epistémicas y cognitivas físicamente realizables que pueden resolver los problemas de la filosofía. Este conjunto de capacidades constituye una perspectiva desde la cual los problemas filosóficos pueden resolverse. Los humanos simplemente no habitamos la perspectiva correcta, es decir, no tenemos las capacidades cognitivas correctas para resolver los problemas de la filosofía. La visión de Nagel trata directamente sobre cambios de perspectiva. Por lo tanto, tanto la teoría de McGinn como la de Nagel sobre por qué la filosofía no progresa se basan en puntos de vista.

Debido a esta similitud, es fácil observar que ambas teorías son contradictorias. La teoría de Nagel dice:

Hay tres puntos de vista. Desde el punto de vista subjetivo obtenemos un conjunto de respuestas a los problemas filosóficos, y desde el objetivo, otro, usualmente contradictorio; y desde un tercer punto de vista uno puede ver que las respuestas subjetivas y objetivas son igualmente válidas e igualmente verdaderas. Por lo tanto, los problemas filosóficos son intratables. La filosofía no puede progresar porque no puede resolverlos.

La teoría de McGinn dice:

Hay dos puntos de vista relevantes. Desde uno, el humano, los problemas filosóficos son intratables. Desde el otro, el alienígena, los problemas de la filosofía son tratables (incluso triviales; otra vez, véase cap. 8, op. cit.). La situación es exactamente la de los perros con el lenguaje. Nosotros lo entendemos fácilmente. Los perros solo entienden un pequeño número de palabras y parecen desconocer por completo la sintaxis combinatoria. Por lo que, aunque es poco probable que nosotros resolvamos ningún problema filosófico, estos no son inherentemente intratables.

Vemos entonces que Nagel piensa que la filosofía es inherentemente intratable: cualquier ser humano inteligente y consciente quedará enredado en la filosofía, en cuanto considere siquiera algo de ella. Y existe una perspectiva desde la cual esta verdad puede verse. McGinn rechaza esto. Piensa que la filosofía solo es intratable localmente. Seres alienígenas bien podrían encontrar los problemas filosóficos intuitivamente fáciles de resolver. Existe un punto de vista desde el cual los problemas de la filosofía son resolubles.

Nagel y McGinn, por supuesto, están haciendo metafilosofía. Es plausible que la metafilosofía sea filosofía. Por lo tanto, tenemos aquí un caso paradigmático que exhibe la propiedad que la filosofía comparte con la ciencia: dos teóricos en desacuerdo respecto a sus explicaciones (en este caso, acerca de por qué la filosofía no avanza o no puede hacerlo). Pero como esto es filosofía, podemos predecir que ninguna teoría se impondrá jamás, ni siquiera en la mente de las futuras generaciones.

¡Pero espera! ¿No es esto incorrecto? Si los alienígenas aparecieran y nos dieran las soluciones a nuestros problemas filosóficos, entonces McGinn tendría razón y Nagel no. Pero McGinn niega que esto pueda ocurrir: no entenderíamos sus soluciones. De nuevo, piensa en darles a los perros la solución para fabricar juguetes para mascotas (fábricas, materiales sintéticos, fibras inofensivas, chirriadores de plástico, etc.). Aun así, no lo entenderían, por decir algo. Y, en cualquier caso, los argumentos versan sobre qué creer ahora mismo. Por supuesto, podríamos despertarnos mañana con un entendimiento súbito del problema del libre albedrío contra el determinismo. Pero si preguntamos hoy cuál sería ese entendimiento, estaríamos haciendo filosofía y no llegaríamos a ningún lado.

Entonces Nagel y McGinn están haciendo filosofía, y en consecuencia nunca sabremos cuál de sus teorías es correcta, si alguna lo es. Desde la perspectiva de Nagel, la división entre lo subjetivo y lo objetivo es infranqueable, y es la fuente de toda la filosofía y de su intratabilidad. Desde la perspectiva de McGinn, ya existe un punto de vista desde el cual los problemas filosóficos son solucionables; de hecho, ya están resueltos.

De mi forma de plantear el choque entre las teorías de Nagel y McGinn como un enfrentamiento de puntos de vista se desprende que la teoría de Nagel se puede generalizar: todos los dilemas filosóficos y, de hecho, cualquier cosa que parezca un avance filosófico, se puede representar como un choque entre perspectivas sobre un tema específico. Desde una perspectiva obtenemos una respuesta, y desde otra obtenemos una respuesta diferente, usualmente contradictoria. La teoría de Nagel restringe estas perspectivas a la subjetiva y la objetiva, pero esa restricción se puede relajar.

Como ejemplo, considere un caso famoso de la historia de la filosofía. Hace algún tiempo se pensaba que todas las verdades necesarias podían conocerse a priori. Así que, si a = b era una verdad necesaria, entonces podía conocerse sin ninguna investigación del mundo. Pero entonces las identidades verdaderas a posteriori, como agua = H₂O, que no pueden conocerse sin investigar el mundo, debían ser verdaderas de manera contingente. La noción de identidad contingente era ampliamente reconocida como correcta y encontró aplicación constante en la filosofía de la mente, donde reforzaba el fisicalismo. En 1970, Saul Kripke cambió todo esto al señalar que las identidades contingentes usualmente no eran nada de eso. Si asumimos que "a" y "b" son nombres de cierto tipo (lo que Kripke llamó designadores rígidos —nombres que designan la misma cosa en todos los mundos posibles), entonces a = b tiene que ser necesario. Usualmente, "a" y "b" son designadores rígidos. Así que, generalmente, las identidades son necesarias; la identidad contingente es casi inexistente, según Kripke. Por lo tanto, deben existir verdades necesarias, por ejemplo, agua = H₂O, que solo pueden conocerse a posteriori. Un argumento que Kripke usó para hacer su caso contra la identidad contingente es el siguiente. Considere su escritorio. Los partidarios de la identidad contingente solían decir cosas como: "El escritorio podría ser de hielo, pero no lo es; por lo tanto, es contingentemente cierto que tu escritorio está hecho de lo que es, madera, digamos; de ahí que haya una identidad contingente aquí." Pero, como señaló Kripke, este escritorio (aquí, señalando su escritorio) no podría estar hecho de hielo; este escritorio está hecho de madera. Si su escritorio hubiera sido de hielo, no habría sido este escritorio. Al usar el demostrativo "este", Kripke estaba cambiando el punto de vista en el debate sobre la identidad contingente: estaba forzando al lector a considerar este escritorio en particular, en lugar de un escritorio considerado solo bajo la descripción "mi escritorio". La perspectiva kripkeana (K) de este escritorio en particular enfoca al lector en el escritorio como un objeto en sí mismo, en lugar de un escritorio que cae bajo una descripción como "mi escritorio, en el cual me siento y escribo". Desde el punto de vista K, el escritorio se percibe independientemente de toda descripción, mientras que desde el punto de vista descriptivo, el escritorio se percibe bajo una descripción. Esencialmente, Kripke señaló que los partidarios de la identidad contingente eran culpables de pensar las cosas solo bajo una descripción, y nunca como cosas en y por sí mismas.

El cambio de perspectiva de Kripke tuvo un gran impacto en la filosofía, pero no es un cambio entre puntos de vista objetivos y subjetivos como los que requiere la teoría de Nagel. Ejemplos como el kripkeano están por todas partes en la filosofía y son responsables de buena parte de ella. Podemos observar, entonces, que hay más cambios de perspectiva cruciales para la filosofía que los que hay entre lo subjetivo y lo objetivo. El cambio entre la posición de Nagel y la de McGinn es otro ejemplo (para más sobre este ejemplo, véase Dietrich y Hardcastle, 2004, especialmente los capítulos 3 y 4). (Debo señalar que, por muy convincente e importante que haya sido la demolición de la identidad contingente por parte de Kripke, dado que esto es filosofía, la identidad contingente ha vuelto a aparecer (véase, por ejemplo, Gibbard, 1975). Hasta la fecha, ambos enfoques de la identidad siguen vigentes y con fuerza, naturalmente).

La filosofía, entonces, emerge como una revuelta del relativismo. Posturas que son completamente contradictorias resultan igualmente plausibles. Todo lo que hay que hacer es adoptar la perspectiva correcta para obtener primero una respuesta a un problema filosófico y luego, adoptando otra perspectiva, obtener una segunda respuesta conflictiva.

Hay mucho más trabajo por hacer sobre las perspectivas, trabajo necesario antes de que la rareza que es la filosofía pueda explicarse y entenderse. Pero ya sabemos esto: en filosofía, el choque de perspectivas es ineludible, y su existencia es la única verdad. Así, la filosofía no puede progresar.

(Las perspectivas no desaparecen cuando hacemos ciencia. Pero todas las posturas relevantes pertenecen a la misma familia y, por lo tanto, al pertenecer a ella, cooperan, al menos a largo plazo. Es complicado caracterizar esta familia. No es solo la familia de los puntos de vista objetivos, aunque también lo es. Público, repetible, objetivo son términos que solo caracterizan parcialmente esta familia. Espero tener más que decir al respecto en el futuro.)

7. Aquel que me entiende finalmente me reconoce como correcto... y equivocado

En 6.54-7 de su Tractatus, Wittgenstein dice:

Mis proposiciones son elucidatorias de esta manera: quien me entiende finalmente las reconoce como sinsentidos, cuando ha trepado a través de ellas, sobre ellas, por encima de ellas. (Debe, por así decirlo, tirar la escalera después de haber subido por ella.)

De lo que no se puede hablar, hay que callar.

Lo mismo aquí, y guardo silencio tal como lo hizo Wittgenstein. Mi explicación de por qué la filosofía no progresa ni puede progresar (el choque de perspectivas es ineludible en filosofía) es, en sí misma, un poco de filosofía. Así que, por supuesto, no convencerá a los anosognosiacos. Y tampoco logrará convencer a los nosognosiacos, como Nagel y McGinn, cuyas teorías difieren de la mía (la unión de esos dos conjuntos probablemente sea todos menos yo). Tampoco se sabrá jamás la verdad de por qué la filosofía nunca progresa.

Eones a partir de ahora, después de que los humanos hayan desaparecido, quizás las perspectivas aún permanezcan. Quizás todavía existan inteligencias poderosas —una condición suficiente para que haya perspectivas. Tal vez existan en otras partes del universo; tal vez hayamos creado a nuestros propios descendientes (Dietrich, 2007). De cualquier forma, podemos estar seguros de esto: si las perspectivas aún existen, entonces también existirá la filosofía —la misma filosofía con la que estamos lidiando hoy, y la misma con la que lidiábamos hace todos esos siglos.

Agradecimientos

Agradezco a Zach Weber, Chris Fields y David Chalmers por leer y comentar los borradores anteriores. Dave también merece crédito por el título. Gracias a Zach y Chris por las largas y penetrantes discusiones sobre este tema (sus comentarios más profundos, tanto sobre este artículo como sobre el tema en general, tendrán que esperar al libro). También agradezco a los participantes de la Conferencia TEDx de la Universidad de Binghamton de abril de 2011 por sus comentarios.

Referencias

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